viernes, junio 14, 2024
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LA LARGA AGONÍA DEL PERONISMO ARGENTINO

Abundan estos días análisis que intentan explicar el primer lugar de Javier Milei en las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias del 13 de agosto. Explicaciones que se enfocan en la mala gestión de la macroeconomía, otras que miran cambios más de largo plazo en la estructura social argentina, otras que analizan las debilidades de la oferta electoral. De manera bastante sorprendente, algunos de los análisis más descarnados de las falencias de este gobierno las están ofreciendo sus propios funcionarios y dirigentes, muchos de los cuales parecen dar la elección por perdida, antes de que se haya contado un solo voto con valor legal (las primarias son solo eso, primarias.) No es mi intención abundar más en explicaciones, ¿acaso puede resultar sorprendente que le vaya mal a un gobierno que preside sobre 120% de inflación anual, y cuyos dos principales dirigentes no se hablan desde hace por lo menos tres años? En Cenital adelantamos algunos newsletters para pensar desde otros focos: el martes envió Iván, el jueves Facu Cruz analizó el cuarto del electorado que no votó, y ayer Juan Elman ensayó sobre el contexto internacional. Me gustaría enfocarme en otra cuestión: el proceso de debilitamiento del peronismo como fuerza nacional.

Tulio Halperín Donghi fue, sin ninguna duda, el más grande historiador nacional. (Noten que no digo “el mejor”, materia sobre la cual no tengo las capacidades necesarias para opinar, sino “el más grande”. Del mismo modo que puede debatirse si Diego Maradona fue el mejor jugador de fútbol mundial del siglo pasado, pero no puede debatirse que fue el más grande). Una de las cosas que hacía grande a Halperín era su capacidad de titular: no hay mejor título que “Una nación para el desierto argentino”. Otro gran título es “La larga agonía de la Argentina peronista”. Parafraseando, me gustaría titular estas reflexiones “La larga agonía del peronismo argentino”.

La tesis del libro de Halperin, publicado en 1998, era que los cambios en la matriz productiva, económica y social causados por el menemismo estaban generando el agotamiento modelo de acumulación política del peronismo clásico. Sería finalmente imposible, pensaba Halperin, que el peronismo subsistiera en una Argentina que ya no tenía una clase obrera industrial fuerte, con alta desigualdad, con fuerte desempleo, con heterogeneidad social creciente. Halperin mismo, sin embargo, fue uno de los primeros en advertir la revitalización del peronismo que sucedió con el gobierno de Néstor Kirchner: en ese entonces, el peronismo se reinventó. Es cierto que sus bases sindicales estaban menguadas, pero las complementó con una integración de movimientos sociales de pobres urbanos (los piqueteros que, recordemos, en los noventa no eran peronistas), con la incorporación de algunos sectores de la clase media nucleados alrededor de la universidad y la investigación, con sectores movilizados alrededor de algunas agendas progresistas como los derechos humanos, los derechos lgtb+, la agenda de género. Además, el peronismo supo darse a sí mismo algo que para el peronismo es tan necesario como el aire para respirar: un líder (y luego una líder) que actuó siempre como tomador de decisiones de última instancia. El nuevo liderazgo tensionó con las redes de poder más tradicionales (sindicatos, gobernadores), pero en definitiva convivieron y acumularon lo suficiente para gobernar doce años.

Sin embargo, este modelo empezó a crujir, y sus grietas eran ya visibles ya en el 2013, cuando Sergio Massa lo derrotó en las elecciones legislativas. En los cuatro años luego de haber perdido las elecciones en el 2015, quedó a la vista que el peronismo había pasado a ser un movimiento heterogéneo, formado por varios stakeholders, en el cual ninguno tenía la capacidad de hegemonizar a los demás por sí solo, pero todos tenían un grado de poder de veto. Cristina Fernández de Kirchner demostró luego de 2017 que efectivamente era la que detentaba una relación privilegiada con las bases, y que nadie podía opacarla electoralmente; sin embargo, también dejó en claro que no podía, o no quería, volver a ser la candidata a la presidencia. Los gobernadores, en ausencia de Cristina Fernández en la boleta, buscaron siempre ubicar a un peronista “moderado” (como había sido Daniel Scioli en 2015), a pesar de que la realidad daba ejemplos sobrados de que esos dirigentes no eran precisamente tsunamis electorales de cara a la sociedad. Los movimientos sociales nunca pudieron transformar su despliegue territorial en votos. Los sindicatos igualmente. Esta estructura fragmentaria fue suturada provisionalmente en 2019, cuando la demanda de las propias bases empujó una unificación que, acompañada del malestar ciudadano, logró una victoria contundente. No es casualidad que el elegido para la presidencia haya sido alguien que no pertenecía a ninguno de los sectores, ni un gobernador, ni un kirchnerista puro, ni un massista, ni un sindicalista: Alberto Fernández era, ante todo, un “neutral”, aceptable para todo el mundo.

Las sucesivas crisis (tanto las exógenas como las autoinflingidas) solo profundizaron esta fragmentación, hasta llegar a uno momento en que parecía que la preocupación de cada sector pasó a ser exclusivamente convencerse de que “la crisis le pega al otro, no a mi”, y encontrar una estrategia para “refugiarse” en algún lado, ya sea en una provincia, o en ciertas estructuras del estado, o en redes territoriales. Esta estructura de poder fragmentado y bloqueo mutuos, como dije antes, fue tanto causa de la crisis como su consecuencia, ya que se tradujo en decisiones tardías, incompletas, o a regañadientes.

El tema es que estos repliegues tácticos pueden tener sentido tácticamente, en el corto plazo, pero son casi suicidas en el mediano y largo. No existe posibilidad de ganar elecciones, o de sobrevivir a las derrotas, si el peronismo no se puede transformar en una fuerza política nacional más o menos unificada. El modelo de “provincias alambradas” funciona cada vez menos: el peronismo viene achicando su cuota de gobernaciones y bancadas en el senado y diputados. Los movimientos sociales tampoco han podido demostrar potencia electoral propia, por fuera de una boleta peronista. Incluso la provincia de Buenos Aires ha dejado de ser ese bastión inexpugnable para pasar a ser un “swing state” que acompaña los vaivenes de las elecciones nacionales. Axel Kicillof, por caso, haría bien en no confiarse de cara a las elecciones de octubre: sus 36 puntos provinciales equivalen a los que obtuvo Massa más los de Grabois, más el voto de extranjeros, que no existe para los cargos nacionales. Es un único bote en el que están todos. Más valen que remen al compás.

Esto es evidente no solo para poder buscar una (improbable) victoria en las elecciones de octubre, sino aún más para pensar qué hacer si es derrotado. Perder es siempre una posibilidad en la democracia, el tema es cómo. En caso de perder, el peronismo está casi condenado a representar el segmento de izquierda-centro, centro-izquierda, y centro, sea grande o pequeño. Dados los magros resultados del FIT, no hay quien más pueda hacerlo. Pero eso necesitará no estar otros cuatro años procesando la interna. Necesitará reinventarse, desarrollar una identidad que sea más o menos compartida (hoy no la hay: está la kirchnerista, la naciente graboisista, y una especie de peronismo tradicional mucho más difuso), necesitará responder a emergencias de manera más o menos coordinada, y, sobre todo, un liderazgo claro, que sea capaz de decir “esto sí” y “esto no” (basta de separar las elecciones provinciales, por ejemplo). Los partidos nacionales con alguna institucionalización sobreviven las derrotas, los que no lo son pueden no salir de su larga agonía.

María Esperanza Casullo | Cenital

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