En Argentina tenemos el peor gobierno “democrático” en 216 años de historia. Sacando las dictaduras militares, no hay en nuestra historia algo peor que Milei. Y eso que hubo gobiernos entreguistas y vendepatrias, desde siempre, pero este suma ese aspecto en lo económico y político, con tintes decididamente fascistas (o neofascistas) y unas formas grotescas, ridículas y payasescas que nos dan vergüenza de nuestras instituciones. El mejor ejemplo es la actual crisis diplomática con el Brasil, una de las mayores en más de 200 años, derivada de los insultos de Milei a Lula y al Poder Judicial de ese país.
Pero hay algo tan terrible o peor que tener el peor presidente de la historia. Lo que puede ser peor es que no se vea reacción ni cambio a corto plazo. Porque hay elecciones generales el año que viene y la oposición (principalmente peronista) sigue imbuida entre sus peleas intestinas y la sumisión al mileísmo. No logra articular una alternativa para el pueblo y permite, junto con otros factores, que el peor presidente de la historia, siga teniendo amplios niveles de apoyo (aunque a la baja) y todavía pueda ser competitivo a la hora de buscar su reelección.
Pasado el mundial, la tristeza en la cara de la gente es indisimulable. Ya no nos quedó ni siquiera un triunfo deportivo para abrazarnos un rato. Y es paradójico, porque muchos países festejarían masivamente salir segundos, ser subcampeones del mundo. Pero lo que dejó tristes a los argentinos fueron las formas. La forma de la final contra España, que no se logra entender por la falta de actitud. Y para el pueblo futbolero, se puede perder, y sobre todo contra un gran equipo como España, se puede hasta jugar mal, lo que no se negocia nunca es la actitud. Y no la hubo. Pero creo que también, pasado el mundial, la sensación que quedó, quizá en el subconsciente colectivo, es esa certeza de que haciendo las cosas mal, el resultado a largo plazo no puede ser bueno. Argentina jugó mal todo el mundial, salvo el partido contra Inglaterra. Pero contra Cabo Verde, contra Egipto y contra Suiza, jugó mal y ganó por la épica, por el coraje, y por la suerte también, hay que decirlo. Y uno no puede librar todo y siempre a la épica.
Lo mismo pasa con el país. La que estamos atravesando no es solo una crisis política y económica. Es algo mucho más profundo, es una crisis cultural, y yo diría hasta civilizatoria. Y no solo en Argentina, sino en todo Occidente (Europa, Norteamérica y América Latina). Sería discutible si esto alcanza a los pueblos de África y Asia. Pero en Occidente, seguro, y Argentina es un ejemplo, algunos dicen un laboratorio social.
La acusación de que somos racistas
Durante la última parte del mundial y luego de terminado, los ataques en redes sociales contra la Argentina, contra los argentinos, se multiplicaron. Con acusaciones contradictorias entre sí, como que todo estaba arreglado para que ganaran los argentinos, pero a renglón seguido se decía que los argentinos no saben perder. Un montón de cosas, y, entre ellas, que “la Argentina es el país más racista del mundo”. Y lo repetían incluso personas progresistas o supuestamente cultas.
Más allá de la tontería que significa hacer un ranking de quién es más racista, suena hasta gracioso que el dedito acusador venga de europeos o norteamericanos. Pero bueno, si fuéramos inteligentes, estas acusaciones deberían servirnos a los argentinos para debatir un tema tabú, aquí y en todo Occidente. En Argentina obviamente que hay racismo, el primero de ellos es negar la existencia de afroargentinos o de una herencia cultural africana que nos marca en la música, en las palabras que usamos, en las comidas típicas y en todo en general. Una herencia africana y una presencia actual afro que nos hace hermosamente diversos, junto con la pata originaria y la otra pata europea.
También somos racistas cuando hablamos en tiempo pasado de nuestros pueblos originarios. Somos racistas cuando naturalizamos los discursos xenófobos contra los inmigrantes actuales, que no vienen de Europa como hace 100 años sino de Bolivia, Paraguay, Perú, Venezuela, Senegal o China. Pero claro, el problema es un boliviano que se hace atender en un hospital público, no el millonario estadounidense o inglés que se queda con un lago entero en la Patagonia. Porque, obviamente, el racismo va ligado al clasismo. Y esto es desde siempre, y en todo Occidente. Entender esto, quizá ayude a bajar la angustia que muchos y muchas sienten hoy. La angustia, la incertidumbre, el enojo, la impotencia, muchas veces es producto de la ignorancia o de la incapacidad para ver el contexto geográfico y, sobre todo, histórico. Y no estoy hablando de quienes reproducen los discursos de odio y votan en consecuencia, sino que hablo de quienes no pueden entenderlo. Porque para poder entender, hay que mirar en perspectiva. Siempre.
Mirar el contexto geográfico porque el racismo, el clasismo, la xenofobia, y todo lo que ya dijimos que está pasando en Argentina (mezcla de neoliberalismo con neofascismo) también es una realidad en todo Occidente. Ya lo dijimos. Pero, sobre todo, mirar el contexto histórico, para intentar entender.
La modernidad en la base de todo
El que mejor lo explicó siempre fue Enrique Dussel, filósofo argentino-mexicano, impulsor de la Filosofía de la Liberación. Él, mejor que nadie, explicó los males derivados de la modernidad, a partir del siglo 16, empezando por el colonialismo europeo en América. El genocidio de los pueblos originarios y la esclavitud, que, si bien había existido siempre, nunca había sido el eje de un sistema económico. Un sistema económico que se basaba en la explotación hasta la muerte de aborígenes y africanos para el saqueo de las riquezas naturales, que iban a Europa. Pero como también explicó el gran Eduardo Galeano, “España tenía la vaca, pero Inglaterra se tomaba la leche”. El oro y la plata producto del saqueo, en galeones españoles, era desviado por los piratas hacia Inglaterra, y allí fue fundamental para financiar la Revolución Industrial, que daría origen al capitalismo. Por eso, Carlos Marx dice que “la acumulación originaria del capital llega a Europa manchada de barro y sangre”. A partir de ahí, una nueva forma de pensar la existencia del ser humano respecto a los otros seres humanos y a la naturaleza. El que le da sustento filosófico, según Dussel es René Descartes en el siglo 17 con su racionalismo o cartesianismo y la famosa frase: “Pienso, luego existo”. Eso cambia todo, porque ya puedo existir en la tierra por mí mismo, sin importar nada de los demás o de lo que me rodea. Ese pensamiento, en el siglo 18 llevado al sistema económico y social se complementa con la famosa “mano invisible” de Adam Smith y con la división internacional del trabajo de David Ricardo, que condena a algunos países al subdesarrollo. Ante el imperio del capital, todo es susceptible de explotación: los seres humanos, los animales, la propia naturaleza. Y esa explotación no tiene ningún límite.
En el siglo 19 se pone fin a la esclavitud no tanto por humanismo sino más bien porque el nuevo sistema garantiza más ganancias para el capital con obreros y campesinos explotados que con esclavos a quienes hay que garantizar techo y comida. Sobreviene entonces el darwinismo social, que intenta llevar las teorías naturales de la evolución al ser humano, y así justificar el racismo. El mayor exponente de esa corriente es el italiano Cesare Lombroso, que llega a decir que las formas de la cara y el cráneo determinan el grado de inteligencia o el fenotipo de los criminales. Esto lo llevarán a la práctica los belgas en el Congo y en Ruanda, discriminando etnias y pueblos (como los tutsis y los hutus).
No. No te asustes, no es que me fui por las ramas y que no quiero hablar de Argentina. Es que todo esto es fundamental para entender lo que pasa hoy en mi país, por qué hay racismo y por qué tenemos un presidente que reúne neoliberalismo y neofascismo.
Alguna vez ser nosotros
Todos esos fenómenos que enumeré rápidamente, todos fenómenos europeos, se reproducen en la Argentina desde la mismísima independencia. El colonialismo, el racismo, el imperialismo, la xenofobia, y, sobre todo, el capitalismo y el clasismo.
El colonialismo se ve en un colonialismo interno, por eso, uno de nuestros más lúcidos caudillos federales, Felipe Varela, dijo: “Así como en la época de la colonia España era la metrópoli, hoy Buenos Aires es la metrópoli de las provincias colonizadas”. Y el marco teórico de ese colonialismo se basaba en el racismo histórico europeo y eurocéntrico, de allí Domingo Faustino Sarmiento con su visión de “Civilización y barbarie”. Todo lo de afuera (Europa y Estados Unidos) era civilizado, y todo lo nuestro era barbarie. Una forma de justificar la explotación sin límites de los seres humanos y de la naturaleza, pero también de justificar las matanzas y los genocidios. Pero, sobre todo, una impronta cultural que se fue marcando a fuego en ese “Proceso de Organización Nacional”.
Tuvimos intentos de construir algo distinto, que tuviera en cuenta a los originarios, a los afroargentinos, a los inmigrantes proletarios, que fuera una construcción social amigable también con la naturaleza. Fue el proyecto de país del federalismo, de los caudillos, luego de los llamados “bandidos rurales”, y en el siglo 20 del radicalismo y el peronismo. Una construcción que intentara sacudirse aunque sea un poco el eurocentrismo y avanzar hacia lo nacional y popular. Pero siempre quedó a mitad de camino o pisoteada por los poderes de adentro y de afuera.
Por eso, aunque duela, no puede sorprender Milei en la actualidad. Y para aquellos que desde otros países siguen levantando el dedito acusador, Argentina debería ser un espejo en el que mirarse. ¿Quién no tiene un país construido sobre el racismo, el colonialismo y el capitalismo? Aunque haya grandes diferencias de formas, ¿cuántas diferencias de fondo hay entre Milei y Trump, o Bukele, o De la Espriella, o Keiko, o Kast, o las elites belicistas de Europa que están llevando a sus propios pueblos al abismo?
Hecho todo este intento de explicación, hay que decir que hoy la Argentina está triste. Está triste en los ojos de los niños cuando voy a dar una charla a las escuelas. En los ojos de los trabajadores arriba del bus a las 6 de la mañana. En los ojos de mi amigo empresario metalúrgico que me cuenta que tiene que cerrar su fábrica después de 40 años de existencia, porque no le vende nada a nadie. La Argentina está triste y al mismo tiempo está violenta. Porque el ejemplo que baja desde arriba se propaga en los abajos. Si tenemos un presidente que insulta al presidente de un país hermano, qué se le puede pedir a los automovilistas en un semáforo, o a los comerciantes que intentan negociar algo. Todo es grito, todo es insulto, todo es violencia y tristeza también, y miedo también. Los números asustan. La caída del producto interno bruto, la caída de la producción, la caída de la recaudación.
Pero, para dar una idea de qué es la tristeza cuando hablo de ella, algunos números de los estudios del Centro de Almaceneros de la Provincia de Córdoba: “El 60 por ciento de los hogares no logra cubrir la canasta básica de alimentos; el 90 por ciento de los hogares se endeuda para pagar la comida; los almacenes de barrio tienen un 30 por ciento de morosidad y las tarjetas de crédito más del 20 por ciento”. Y estamos hablando solo de comer, no de las otras necesidades humanas, ni siquiera hablamos de salud y educación.
Eso explica la tristeza, eso explica la violencia, y la falta de esperanza, porque no se ven alternativas. Porque no es solo una crisis económica o política, sin cultural y civilizatoria. Recién decíamos que lo que nos dejó tristes de la selección no fue haber salido segundos, sino haber jugado mal. Saber que, a la larga, con la épica solamente no alcanza. De la misma manera, si analizamos el entramado social, difícilmente pudiéramos tener en las calles algo distinto a tristeza y violencia. Son cinco siglos igual. Cinco siglos de modernidad, como nos enseñó Dussel. Cinco siglos de racismo, colonialismo (también interno), de capitalismo a ultranza. Hoy, con varias vueltas de tuerca, el neoliberalismo y el neofascismo, las redes sociales y muchos elementos que hacen al cóctel explosivo. Pero la esencia del problema es civilizatoria.
Sin embargo, hay que inventar la esperanza. En un Fogón de Los Ángeles, Fei Betto nos dijo: “No existe la esperanza, existe esperanzar”. Hay que esperanzar, hay que construir esperanza. Primero, con un buen diagnóstico, entendiendo los contextos. Por eso, gracias a todos aquellos que nos acusan de racismo. Podría ser un punto de partida, para mirarnos a nosotros mismos, y empezar a deconstruirnos para luego construir otra Argentina. Y a partir de allí, otro mundo. Es posible. Es necesario. Y es urgente.
Mariano Saravia – Hispanic L.A.