sábado, mayo 28, 2022
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CÁSCARAS EN VEZ DE PARTIDOS

Los partidos políticos cumplen tres funciones centrales en las democracias contemporáneas. La función social de estructurar y articular intereses sociales. La función política de construir un mensaje, valores e ideología desde esa defensa, además de seleccionar al “personal político”. Y la función de gobierno de ejercer el poder, tomar decisiones y ser, en definitiva, el gobierno. Esto los convierte en instituciones fundamentales para el funcionamiento de una democracia en tanto son vehículos de la representación política. Con esta centralidad vital, ¿en qué estado se encuentran hoy en día los partidos políticos latinoamericanos? Ciudadanos y ciudadanas dicen que los actores de la política de hoy son cáscaras, no partidos.

Coincido con Yanina Welp en que sin ellos no se puede, pero con estos no alcanza: a pesar de que se sostienen, están socavando sus propias funciones. Esto es algo que se puede ver con profundidad en los datos de la encuesta de Latinobarómetro. Es una herramienta interesante para evaluar la percepción ciudadana en la región a partir de preguntas cerradas que se vienen realizando desde 1995 en adelante. Esto permite hacer comparaciones año a año entre países dado que muchas de las preguntas se mantienen en el tiempo. La referida a confianza en los partidos políticos tiene 4 categorías de respuesta (mucha, algo, poca o nada de confianza). Para este artículo, las agrupé en 2: confianza (más bien + algo) o no confianza (no muy + nada).

Los partidos políticos, en picada

En un informe publicado hace unos meses con la Fundación Directorio Legislativo encontramos que, según los datos publicados el año pasado, hay un fenómeno generalizado en América Latina que retrotrae a circunstancias preocupantes de la historia reciente de la región: una crisis de confianza extendida y compartida. Nuestros partidos no escapan a esta acérrima crítica, sino que se encuentran en el ojo de esa tormenta.

En el siguiente gráfico se puede la evolución temporal de la confianza en los partidos políticos latinoamericanas desagregado por cada país entre los años 1995 (primera oleada de Latinobarómetro) y 2020 (la última realizada).

Solamente en Uruguay, en República Dominicana y, sorpresivamente, en Nicaragua y en El Salvador, la tendencia es alcista a partir de la encuesta realizada en 2020. El resto de los países muestran una tendencia decreciente en la confianza en los partidos políticos, a tal punto que en la gran mayoría se encuentran en el piso más bajo desde el comienzo de este estudio hace casi 20 años. Es muy simbólico que este valor ronde el 10% de confianza, lo cual indica de 9 de cada 10 latinoamericanos no ve con buenos ojos a sus propios partidos políticos. De modo que en medio de una crisis de confianza institucional que también afecta a los poderes ejecutivo, legislativo y judicial en la región, se agrega un golpe en la puerta con una crisis de representatividad. Un cocktail bastante peligroso en una región donde la crisis estructural, económica y social viene afectando las posibilidades de un crecimiento sostenido con desarrollo equitativo. Trinitrotolueno.

La cadena representativa en crisis

En paralelo a esta falta de confianza en los actores partidarios, se replica también una falta de confianza en las instituciones de gobierno. Es particularmente importante analizar qué ocurre con los congresos latinoamericanos, los órganos responsables de sancionar las leyes pero, al mismo tiempo, de ser la voz de la ciudadanía en el debate público. El siguiente gráfico muestra la evolución simultánea de la confianza tanto en los congresos de América Latina como en los partidos políticos. Cada punto representa cada uno de los países analizados en un año específico de 1995 a 2020.

Tal como se puede observar, la evolución es simultánea, similar y en la misma dirección. Si la confianza en los partidos políticos sube, entonces ocurre lo mismo con el congreso. Si la primera cae, entonces la segunda también. Actores partidarios y órganos legislativos van de la mano a la hora de tomar decisiones y a la hora de representar políticamente las distintas posturas de una sociedad. La crisis, entonces, es conjunta y compartida. La desconfianza se reproduce.

De esta manera, esta sensación generalizada afecta tanto a las instituciones de gobierno (en este análisis, el poder legislativo) como a los actores políticos encargados de tomar las múltiples decisiones que impactan en nuestra vida cotidiana. En este escenario, es posible que ya estemos entrando en un nuevo ciclo de desconfianza ciudadana y crisis estructural, ambas dimensiones que se retroalimentan mutuamente. Si esta tendencia se consolida en el tiempo, y no se revierte o corrige en el corto y mediano plazo, las consecuencias para la estabilidad política y social pueden ser muy negativas.

El futuro inmediato para América Latina

Frente a este escenario, la salida que han encontrado numerosos países en años recientes ha sido la reestructuración de sus sistemas partidarios, a partir de la caída de los actores más tradicionales, y el surgimiento de nuevos partidos políticos y movimientos. Nuevas demandas sociales demandaron nuevos vínculos representativos. A pesar del fuerte movimiento de esas placas tectónicas, la democracia se sostuvo en la región como the best game in town. Las instituciones hicieron su trabajo. Y lo hicieron bien.

Sin embargo, los nuevos actores partidarios que surgieron no han logrado revertir el avance de la desconfianza. Pedro Castillo en Perú emergió como una novedad con cambio, y entró nuevamente en la inestabilidad crónica del sistema político que vino a corregir, sin frenar el desencanto. Nayib Bukele llegó para cambiar las bases políticas de El Salvador, pero a partir de la concentración del poder y del debilitamiento democrático, similar a lo ocurrido con Jair Bolsonaro en Brasil y con el chavismo en Venezuela. Andrés Manuel López Obrador, si bien no alcanza niveles similares, también enfrenta resistencia por su estilo de gobierno. Situación de rechazo que también vive Gabriel Boric en Chile, a tan solo un mes de haber asumido. Si la desconfianza in crescendo dio pie a esas nuevas experiencias políticas, entonces la salida a la crisis representativa no revirtió sus efectos negativos en el corto y mediano plazo.

La consolidación democrática, la estabilidad institucional y la efectiva representación de los intereses sociales se logra con organizaciones partidarias sólidas, estables y cercanas. Los partidos, hoy, carecen de contenido. Están vacíos. Esto es algo que ya hemos vivido. La historia se repite. Que esta vez no sea como tragedia ni como farsa.

Facundo Cruz (El Leviatán a Sueldo)

Politólogo. Profesor universitario (UBA-UTDT, Argentina), consultor e investigador independiente.

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