Roland Barthes, en La cámara lúcida[1], dice que “en la fotografía, la presencia de la cosa (en cierto momento pasado) nunca es metafórica”, abordando así la conexión directa y física que la fotografía tiene con la realidad.
La foto que me sirve de excusa para estas líneas lo dice todo. No es metáfora. Se siente el olor de los gases lacrimógenos. Arden los ojos.
Esta imagen condensa el odio desenfrenado y el atropello de fuerzas del ¿orden? encocainadas por la certeza de que ahí, entre botellas rotas y bolsas de consorcio desparramadas sobre el asfalto, se estaba jugando para ellos algo bastante más grande que el operativo de esa tarde. Imbéciles a sueldos miserables.
Un efectivo de la Policía Federal estira el brazo y apunta. Sabemos a quién. Atrás y a los costados, en pasos nada improvisados, se ordena la formación. Escudos, bastones, caras desencajadas, probando puntería, cazando. Adelante, casi al margen de esa formación, camina un hombre de campera oscura y bufanda con las manos ocupadas en un arma presto a disparar.
Civiles armados. Remembranzas de la dictadura y del genocidio. ¿Por qué?. ¿Es un aviso? ¿O es el cauce natural de una ideología que recorre el mundo?
Walter Benjamin escribió hace un tiempo que la violencia ejercida por el Estado tiene dos funciones que van de la mano, fundar un derecho y conservarlo. Pues bien, el discurso del Estado mínimo, el que promete achicar ministerios, cerrar organismos y devolverle al mercado todo lo que el Estado le habría robado, nunca toma como referencia al aparato que se ve en esta foto, y cuanto menos plata queda para sostener un salario o una jubilación, más gente hace falta en la calle con uniforme o sin él, para contener a los que salen a reclamar lo que perdieron.
Recuerdos de la dictadura, decía más arriba. Pero sería un error caracterizarlo así. Es cierto que la tentación es grande. “Milei, basura, vos sos la dictadura”, viene como anillo al dedo y suena bien como grito de batalla. Pero para concretar que “la Patria no se vende” hay que tener en claro qué hay del otro lado. Y del otro lado no hubo un golpe de Estado. Hubo algo más difícil de nombrar, porque a eso lo votaron.
La ideología del Estado mínimo, la ultraderecha anarcocapitalista, que como “un fantasma recorre el mundo”, no se impone por un golpe de Estado. Se impone por los votos.
En tal caso, me gustaría desentrañar por qué el Estado mínimo sí es un Estado totalitario y por qué el Estado mínimo, lejos de reducir el poder estatal, intensifica su dimensión represiva.
I.- La tesis deleuziana
En el curso que dictó entre fines de 1979 y principios de 1980, publicado como Derrames II. Aparatos de Estado y axiomática capitalista[2], Deleuze aborda el tema de los aparatos de Estado y las máquinas de guerra, y ahí retoma una fórmula de Paul Virilio que invierte el sentido común liberal: el mínimo de Estado es donde arma su modelo el Estado totalitario.
¿Por qué ahí? Porque el mínimo de Estado es el que deja que los flujos decodificados se conjuguen solos, casi sin fricción, de manera prácticamente automática. La única regla que queda en pie es una axiomática mínima, una regla técnica, nada de negociación colectiva, nada de códigos culturales, nada de debate político que frene o desvíe el encuentro.
Pero, ¿qué es esto de flujos que se conjugan solos?
Pensá en una fábrica vieja, con dos cintas transportadoras y un operario parado en el medio. Ese tipo decide a mano qué pieza de una cinta se junta con cuál de la otra, en qué momento, en qué cantidad. Ahora sacalo. Poné un sensor con una sola regla fija, cuando llegan dos piezas juntas, se unen solas. Nadie mira, nadie decide caso por caso. La regla mínima hace el trabajo que antes hacía un tipo con criterio.
El dinero que busca rendimiento y la gente que busca trabajo eran esas dos cintas. Antes se encontraban a través del Estado que fijaba un salario mínimo, del sindicato que negociaba condiciones, de la ley que decía dónde se podía invertir y dónde no. Eliminá esas instituciones, y el capital y el trabajo se siguen encontrando igual, sigue habiendo empresas, sigue habiendo empleo, pero ahora el precio hace solo lo que antes se discutía entre partes.
¿Por qué “prácticamente” automática y no del todo? Porque, por poner un ejemplo, supongamos un arancel al comercio internacional o una retención, eso es un mínimo de regla técnica que sostiene el encuentro. Sin ese arancel no hay conjugación posible. Con él alcanza. Ya no hace falta una decisión colectiva discutida.
El mismo mecanismo de las dos cintas. Los productores de soja o maíz por un lado, las exportadoras y la demanda internacional de granos por el otro. Eliminá la retención, sacá el cupo, y esas dos cintas se encuentran solas, guiadas nomás por el precio de pizarra en Chicago. Ahí no hay perdedor de los dos lados de la cinta: gana el productor, gana la exportadora. El que paga la cuenta es el que no está en ninguna de las dos cintas, el que compra el pan en el almacén de la esquina y ve que el precio local empieza a perseguir al precio de exportación.
Ahí está el punto que me interesa. El Estado mínimo desplaza el poder, lo saca de la mesa de negociación y lo pone en la calle. Cuando el trabajador pierde el canal donde discutir sus condiciones, pierde también el lugar donde reclamar. El sistema corre solo, y para el que queda afuera del circuito, lo único que le queda al Estado es el gas pimienta y los chorros de agua.
Volvamos un poco atrás. ¿Qué es una axiomática? Las reglas de un juego de mesa no explican por qué el alfil se mueve en diagonal, solo dicen que se mueve así. La axiomática del capitalismo corre con esa misma lógica muda, no importa por qué el mercado fija tal precio, importa nada más que la regla se cumpla.
Para liberar los precios, decía Deleuze, hace falta un aparato de Estado. Y ese aparato, reducido al mínimo de intervención reguladora, fue históricamente uno de los polos del Estado totalitario.
Ahí queda la paradoja que sostiene todo lo que sigue. El sentido común pone la libertad de un lado, con el Estado mínimo, y la opresión del otro, con el Estado máximo. Pero Deleuze da vuelta esto: achicar los axiomas estatales concentra el poder y lo vuelve más eficaz para que el capital circule sin tropiezos.
“Un Estado totalitario es un Estado que sólo retiene, al nivel de los axiomas, aquellos necesarios para la participación del mercado externo. Por ende organiza la liquidación o el derrumbe del mercado interno, bajo una forma radical o bajo una forma atenuada”[3].
II. El aparato de captura y el trabajo como represión
Mil mesetas[4] es el turno siguiente. Ahí Deleuze y Guattari le ponen nombre a algo que hasta ese momento no tenía nombre propio, el aparato de captura del Estado.
Pensalo como una red de pesca. Antes de que exista la red, el pez, tu tiempo, tu creatividad, lo que producís con las manos o con la cabeza, se desplaza libremente en el agua. El Estado tira la red y ese nadar libre se convierte en trabajo, algo con horario, con sueldo, con impuesto. El Estado no reprime desde afuera algo que ya andaba suelto por su cuenta. La captura es la forma misma en que transforma tu actividad en algo que puede cobrar y controlar.
Opera con tres figuras, la renta, el beneficio, el impuesto. Y en el medio de esas tres, el trabajo es la cabeza más represiva, la que agarra la actividad libre y la convierte en algo abstracto, medible, con precio.
El Estado entonces no aparece después. No llega para regular una economía que ya venía funcionando sola. Nace siendo dispositivo de captura, de poblaciones, de mercancías, de dinero, de capitales, y captura antes incluso de tomar la forma histórica concreta que después le conocemos.
Hay dos tipos de violencia y conviene no confundirlos. La del aparato de Estado es policial, es carcelaria, son jueces, es la burocracia que legaliza y abstrae lo que en el fondo sigue siendo violencia lisa y llana. La otra, la guerrera, pertenece a la máquina de guerra nómade, y esa nace afuera del Estado, contra el Estado.
¿Y qué es esa máquina de guerra nómade? Un grupo, una fuerza social que existe por fuera de las reglas estatales. Un grupo de manifestantes que se organiza solo. Una comunidad que resuelve sus propios conflictos sin llamar a la policía ni pisar un tribunal. Mientras existen afuera, son una amenaza, no porque anden buscando la guerra sino porque no le responden a nadie. El Estado tiene su manera de resolver esto, los mete adentro, les da un lugar oficial, los convierte en ejército regular o en sindicato reconocido. Ahí dejan de ser amenaza. Se vuelven una herramienta más.
Ahí está la paradoja del Estado mínimo que termina siendo totalitario. Apropia los dos regímenes a la vez, y los apropia en el mismo movimiento exacto. Cada axioma que cae, cada organismo que cierra, cada mesa de negociación que se vacía, deja un lugar que no queda vacío ni un segundo. Ahí entran los carros hidrantes. Ahí entra el juzgado. Ahí entra el escuadrón que sale armado a ocupar la calle.
III. La máquina de guerra como exterioridad del Estado
¿Por qué el Estado mínimo necesita represión estructural? Para entender eso primero hay que entender qué es una máquina de guerra.
La máquina de guerra no se define por hacer la guerra. Un grupo se vuelve máquina de guerra cuando deja de encajar en los aparatos del Estado, cuando ya no responde a sus formas de administrar y controlar lo social. Su enemigo mayor es el Estado mismo, no una tropa puntual. Y cuando pelea no deja nada atrás. No funda un orden nuevo ni defiende uno viejo. Entra, rompe, sigue de largo.
El Estado tiene una manera de lidiar con esto. La atrapa. La subordina a sus propios fines. Y de esa captura nacen las fuerzas de seguridad, la forma que toma la violencia cuando el Estado la vuelve legal, la institucionaliza, la pone bajo bandera propia.
Ahí está la respuesta a la pregunta de arriba. El Estado mínimo no decide reprimir más porque le guste. Lo que pasa es más simple y más duro que eso. Cuando saca de encima toda la mediación social, la paritaria, la regulación, el subsidio, lo único que le queda parado y de pie es la policía, la gendarmería, la cárcel, el ejército si hace falta. Y esas cosas nunca dependieron de ninguna negociación. Dependieron siempre de la captura, de agarrar una fuerza que existía afuera y ponerla a trabajar para el Estado. Por eso cuando el Estado se achica de un lado, no desaparece del otro. Se concentra ahí, justo donde vos lo ves en la foto.
Pero volvamos a la foto. El policía con el brazo estirado, apuntando. El olor a gas que ya conocés desde el principio de esto. Los ojos que arden. Nada es casualidad ni exceso. Aparece justo en el lugar donde el Estado se retiró de todo lo demás, ocupando con gente armada lo que antes ocupaba con leyes y con plata.
Deleuze habla del polo totalitario del Estado mínimo. Yo lo veo en esa foto. El Estado que se corre de la mesa de negociación, de la paritaria, del subsidio, vuelve a aparecer ahí, con handy, con casco, con el dedo en el gatillo, respondiendo a la protesta que su propia ausencia generó.
IV. Nozick y la justificación libertaria del Estado mínimo
Ahora conviene pararse un momento en la vereda de enfrente, la de los que defienden el Estado mínimo no como diagnóstico sino como bandera.
Robert Nozick, en Anarquía, Estado y Utopía[5], elabora un argumento que hoy vuelve a tener vigencia. Solo es legítimo un Estado achicado a lo mínimo, que te proteja de la violencia, del robo, del fraude, y que haga cumplir los contratos que ya firmaste. Cualquier cosa más que eso, redistribuir, dar seguridad social, meterse en la economía, es según el autor pisotear tu propiedad.
«Nuestra explicación de este monopolio de facto es una explicación de mano invisible. Si el Estado es una institución: 1) que tiene el derecho de imponer los derechos, prohibir la aplicación privada de la justicia que resulta peligrosa, examinar tales procedimientos privados, etcétera, y 2) que efectivamente es el operador único dentro de un territorio del derecho en 1), entonces al ofrecer una explicación de mano invisible de 2) aunque no de 1), hemos explicado parcialmente, a la manera de mano invisible, la existencia del Estado ultramínimo.”[6]
Para Nozick cobrarte impuesto sobre lo que ganas trabajando es lo mismo que ponerte a trabajar gratis para el Estado. Y si el Estado te redistribuye, ya no sos del todo dueño de tu propia vida, hay un pedazo tuyo que pasó a ser del Estado.
Ahí está el problema de fondo. Ese argumento toma tu vida política, tus lazos, lo que sos como parte de una comunidad, y lo mide todo con la vara del mercado. La libertad termina siendo nada más que libertad de comprar y de vender. No es casualidad que a esto lo llamen la falacia del capitalismo libertario, confunde ser libre con no deberle nada a nadie.
Y acá es donde Deleuze te muestra la trampa de Nozick. Fijate bien con qué se queda ese Estado supuestamente mínimo. Se queda con la policía. Se queda con los jueces. Se queda con la fuerza que te obliga a cumplir un contrato aunque no quieras. Todo eso lo conserva intacto. De lo único que se desprende es de la parte que te cuidaba, la jubilación, la salud, el subsidio, la regulación que te protegía del que tiene más plata que vos. Achica lo que te ayuda y deja exactamente igual, o peor, lo que te puede reprimir.
V. Neoliberalismo, autoritarismo y “libertad autoritaria”
Wendy Brown se pasa buena parte de El pueblo sin atributos[7] mostrando cómo el neoliberalismo vacía la democracia desde adentro. Ella misma lo dice así,
“Más que sólo saturar el significado y el contenido de la democracia con valores del mercado, el neoliberalismo ataca los principios, las prácticas, las culturas, los sujetos y las instituciones de la democracia entendida como el gobierno del pueblo”.[8]
No habla solo de economía. Habla de un “orden normativo de la razón” que se mete en todo. Y lo explica sin vueltas,
“Toda conducta es una conducta económica, todas las esferas de la existencia se enmarcan y miden a partir de términos y medidas económicas, incluso cuando esas esferas no se moneticen directamente. En la razón neoliberal y en los dominios que gobierna, sólo somos homo oeconomicus, y lo somos en todos lados”.[9]
Esa transformación no se queda en la cabeza de la gente, baja a las instituciones. Brown lo desarrolla mejor en su libro En las ruinas del neoliberalismo[10], en el capítulo “La esfera personal y protegida debe ser extendida”, donde se mete de lleno con Hayek. Ahí lo cita textual, para que se vea cómo piensa la tradición neoliberal la relación entre mercado, moral y Estado,
“Ambos (códigos morales y reglas de mercado) son prácticas evolucionadas, no simplemente naturales, pero son “buenas” porque son evolucionadas … Y ambos requieren que el Estado los asegure y los proteja con leyes de propiedad, matrimonio, contratos y herencia, mientras que a la vez constituyen límites contra la acción estatal”[11].
Esa cita Brown la trae para criticarla, no para suscribirla, ojo con eso. Pero muestra en forma más que clara lo que a mí me interesa. El Estado “mínimo” de Hayek no se va a ningún lado. Se queda parado, firme, asegurando con la fuerza que hace falta las leyes de propiedad y de contrato. Lo único que suelta es todo lo demás, la mediación social amplia, como la llama Brown.
En el capítulo, “La política debe ser destronada”, en una nota al pie, Brown sigue con esto y habla de la antipolítica neoliberal de tipos como Milton Friedman y Hayek, de cómo esos dos, junto a los ordoliberales alemanes, se propusieron sacar el ordenamiento social de la decisión democrática. Ahí encuentra algo que viene de más atrás, dice que hay cierta continuidad con Platón, la misma idea de fondo,
“Aparte de sus paralelismos con Marx, podríamos percibir el intento del neoliberalismo de eliminar el rol del poder político del ordenamiento de la sociedad y de eliminar lo político del ámbito de la justicia en cierta continuidad con Platón. No obstante la severa crítica neoliberal a las sociedades de diseño (sic) (n. del a. diseño social), el neoliberalismo comparte el intento platónico de reemplazar la vida política con (míticos) órdenes orgánicos y armoniosos atendidos por metafísicos del Estado”[12].
Ahí se juntan los dos libros. La “secreta revolución” que describe en El pueblo sin atributos, esa reconfiguración de qué somos y cómo nos gobiernan, es la misma que en En las ruinas del neoliberalismoaparece en forma sólida. El Estado se corre de lo que te sostiene. Se queda firme, eso sí, en lo que te puede reprimir.
VI. Virilio y el “globalitarismo” de la velocidad
Ya mencioné la fórmula de Virilio que Deleuze retoma en su clase. Vale la pena detenerse ahí un poco. Virilio, en su libro Velocidad y política: Ensayo sobre dromología[13], le puso nombre a algo, “dromocracia”, el régimen de la velocidad absoluta. Ahí sostiene que el poder es siempre el poder de controlar un territorio mediante mensajeros, medios de transporte y de transmisión. No hace falta plantar una bandera. Alcanza con controlar cómo se mueve la información, la gente, el dinero.
Esto encaja con lo que veníamos viendo de Deleuze, y lo lleva un paso más allá. El Estado mínimo de hoy no se conforma con achicar sus reglas sociales. Además transfiere el control a otro lado, a la infraestructura técnica de vigilancia y comunicación, que reprime con más eficacia y menos ruido que cualquier aparato estatal clásico. No hace falta un policía en cada esquina cuando alcanza con una cámara, un algoritmo o una base de datos cruzada con otra. En los Estados mínimos, una de las partidas presupuestarias que más crecen son las de los organismos de inteligencia, y encima, como gastos reservados.
VII. Conclusión: Por qué la represión es estructuralmente necesaria
Llegado a este punto, hay algo que ya no se puede dejar de lado. La represión no es un accidente del Estado mínimo. Tampoco es una “deriva”, como si en algún momento, en algún gobierno particular, se hubiera torcido el rumbo de algo que antes iba por otro lado. La represión es lo que sostiene incólume a este modelo entero, lo que lo hace funcionar desde el inicio, no es un efecto secundario que aparece después.
Cuando el Estado se corre de la salud, de las pensiones, de la regulación laboral, de todo lo que te protegía del mercado, se lleva puestos también los canales que antes absorbían el conflicto de a poco, en cuotas, sin que nada explotara de golpe. Ese descontento, esa precariedad, esa gente que quedó afuera, no se evapora porque el Estado deje de mirarla. Se acumula. Y cuando estalla, estalla fuerte, todo junto, de una. Ahí el Estado mínimo no tiene mucho más para ofrecer que su núcleo duro, policía, cárcel, gendarmería, civiles armados, ejército llegado el caso, para poner de nuevo las cosas en su lugar.
La foto del principio, en el fondo, mostraba exactamente eso, la forma que toma siempre la gestión del conflicto cuando ya no queda ninguna otra función del Estado distribuyendo nada.
El propio Deleuze avisa sobre esto. Dice que hay gente que confunde Estado mínimo con ningún Estado, y ahí se equivocan de raíz. El Estado mínimo no borra al Estado, apela justamente a algo parecido a la naturaleza humana para decir que siempre, siempre, va a hacer falta alguno. Y lo que queda de ese Estado, lo poco que sobrevive a todo el ajuste, es exactamente eso, el aparato que te reprime.
Los gestos adustos y de odio de la foto no piden explicación alguna. Ahí, con el gas todavía en el aire y las balas de goma apuntadas a los cuerpos, el Estado te estaba diciendo lo único que le quedaba por decir, que seguía estando, aunque de todo lo demás ya no quedara nada.
Frente a esto no hay mercado que salve nada. El problema nunca fue del mercado.
Lo único capaz de torcer este rumbo es la organización. El pueblo organizado juntándose de nuevo. En el sindicato. En el partido. En la asamblea de barrio. En cualquier lugar donde se pueda pensar y decidir junto a otro.
Ese espacio de mediación que el Estado mínimo eliminó, no lo devuelve nadie por las buenas. Hay que volver a sentarse ahí. Y para sentarse hace falta número. Hace falta organización de verdad, no la ilusión de que alguien allá arriba te va a escuchar porque tengas razón.
La política se recupera ocupando de nuevo el lugar de donde te sacaron, no pidiendo permiso para volver a entrar. Poniendo el cuerpo, uno al lado del otro.
Antonio Montagna – Substack
