Casi nunca no estamos con un televisor en la mano, consumiendo los nuevos y los viejos formatos de transmisión de imágenes a distancia. Los parámetros del reparto del tiempo se alteraron.
No es que quiera minimizar la importancia del salto cualitativo de la televisión en blanco y negro a la televisión a color. De hecho, nunca olvidaré aquella mañana en la casa de Luisito de la vuelta (él vivía en Jaramillo, yo en 11 de septiembre), cuando vi por primera vez las imágenes de siempre (es decir, los programas que veía siempre) ahora mucho más parecidas a la empírica realidad del mundo (que, por cierto, es en colores). Y no dejé de reparar en la llamativa circunstancia de que un canal de televisión en la Argentina hasta hace poco declarara, con su nombre, que sus transmisiones eran en color: “ATC”.
El paso del gris al color (porque la verdad es que era gris, mucho más que blanco y negro) no lo minimizo entonces para nada; pero creo que hubo otras transformaciones técnicas en materia televisiva que no han sido tan consideradas, y que no tienen menos importancia, o hasta puede que la tengan más. A saber: a) cuando la televisión dejó de interrumpir su transmisión y pasó a transmitir incesantemente; b) cuando el número de canales disponibles se multiplicó exponencialmente (y en la actualidad, hasta el infinito: un infinito que, al igual que el del propio universo, se expande); c) la aparición y generalización del televisor portátil, o televisor móvil, o televisor celular, o televisor personal.
A los millennials los pasmará saberlo: la televisión, antes, terminaba. Terminaba y se reanudaba. Pasada la medianoche, interrumpía la transmisión y se pulverizaba en una imagen de rayitas difusas a la que denominábamos lluvia. A media mañana, y previa “señal de ajuste”, los programas volvían a empezar (en “Cha cha cha”, significativamente, se parodiaron tanto un borde, el de apertura, como el otro, el de cierre: “Telescuela Técnica”, y su parsimoniosa vocación de educación a distancia; y con Peperino Pómoro, la errancia algo difusa en formato de sermón). La televisión empezaba y terminaba: no duraba lo mismo que la realidad del mundo, duraba menos. Después empezó a expandirse: noticieros a primera hora, películas de trasnoche. Y por fin llegó a durar veinticuatro horas por día, es decir, siempre; la tele y la realidad ahora ocurrían al mismo tiempo (no creo que ese ensamblaje importe menos que el del gris o el del color): las dos duraban lo mismo. Compartían temporalidad.
A los millennials los pasmará saberlo: antes había cuatro canales (hablo de Buenos Aires: siete, nueve, once, trece), con opción a un quinto (el canal dos de la ciudad de La Plata, para quienes contaran con la ayuda de una antena de altura y eventualmente una papa adosada al receptor). Con la aparición de la televisión por cable, se pasó aceleradamente del discreto menú de cuatro pasos al atracón formidable de casi cien (incluyendo los de deportes, los de dibujitos, los de noticias, los de películas; el español, el francés, el italiano; y abonando un suplemento o recargo, el de gente que cogía). Junto con esa proliferación de canales apareció el control remoto; entre los dos, en franca alianza, produjeron una nueva costumbre: la de hacer zapping. El zapping lució al principio como una opción para cambiar de canales prontamente, pero no tardó en revelar su verdadera condición de imposición: la de no poder parar de hacerlo. Porque surgió como costumbre, pero se afianzó como compulsión. Al dedo pulgar le brotó de pronto un cierto frenesí inmanejable, por el cual no podía parar de pulsar el botón de cambio para saltar de un canal a otro (hubo un programa que se llamó “Zapping”; y hubo otro, de Alberto Olmedo, que se llamaba “No toca botón”). El pulgar automático en su adicción total al botón es el precursor evidente del índice hiperkinético de hoy, que frota pantallas para hacer pasar las imágenes, y tampoco puede parar.
A todo esto vino a agregarse, ya más recientemente, la invención y generalización del televisor portátil (portátil, móvil, celular, personal: adosamos estos adjetivos al sustantivo teléfono, pero se trata evidentemente de un dispositivo que casi nunca utilizamos como teléfono, y casi siempre utilizamos como televisor: no lo usamos para conversar con alguien, lo usamos para ver imágenes a distancia). Es un hecho de fácil comprobación: casi siempre (y acaso siempre) llevamos hoy con nosotros un televisor, lo tenemos bien a mano (o directamente: en la mano). Cabe decirlo por la negativa: nunca (o casi nunca) no estamos con un televisor a mano (o en la mano), consumiendo (así se estila decir hoy en día) los nuevos y los viejos formatos de transmisión de imágenes a distancia.
De este modo termina por producirse una especie de confluencia, y por ende de mutua potenciación, entre el todo el tiempo de la emisión incesante y el todo el tiempo de la constante disposición a mirar. Ese tiempo colmado, saturado, intensificado, que domina en buena medida nuestra manera de habitar el mundo en esta época, se resuelve sin embargo con rapidez en un tiempo hueco, vaciado, aplanado. Y es que al tiempo absoluto de la televisación y de la contemplación se adosa, como un tercer vector, el tiempo sin sosiego del dedo desaforado que salta de imagen en imagen (antes el pulgar en el control, ahora el índice en la pantallita).
Hay en esa experiencia algo así como otro tiempo, o bien otra experiencia del tiempo. Tiempo lleno, tiempo ocupado, que no deja lugar para otros tiempos, ni mucho menos para el tiempo muerto: tiempo libre para hacer otras cosas, tiempo muerto sin hacer nada No dura ni cobra existencia, sin que el ponerse a ver algo interfiera. Ver algo, estamos siempre viendo algo en el televisor. Y, al mismo tiempo, no vemos nada. Se ha vuelto inesperadamente difícil ver algo, algo en particular, es decir, dedicarle a ese algo su tiempo y su requerida atención. Ya ocurría con el zapping, o empezó a ocurrir con el zapping: afloró una dificultad incordiante para mantenerse con cierta constancia viendo una cosa determinada, incluso si se tenía el deseo, y con el deseo la intención. Ahí estaban: el documental sobre la selva, el partido adelantado del viernes, el capítulo semanal de la serie, la filmación del concierto de la sinfonía predilecta, la larga entrevista con la figura admirada. Y uno quería verlo, se disponía a verlo, se sentaba a verlo, y justo entonces el dedo, muy por su cuenta, se activaba y empezaba a hacer lo suyo: pulsar, pulsar, pulsar, cambiar, cambiar, cambiar, hacer pasar los canales, sobrevolar un poco todo, no fijarse demasiado en nada.
Hoy la oferta visual se acrecentó hasta niveles inabarcables, pero se agravó en igual sentido el efecto de descontrol del dedo: el dedo precipitado que se apura no se sabe para qué; el dedo, que es más rápido que la vista, muestra y muestra pero quita lo mostrado; da a ver y al instante impide ver. Ya ocurría con el zapping: pasábamos un largo rato viendo televisión, y al cabo de un rato, ¿qué habíamos visto? Nada. Un poco de todo, y al mismo tiempo: nada. Ahora, con el televisor portátil, con el dedo que se apoya directamente en las imágenes mismas, una inexorable dispersión se impone. A veces la elegimos, porque tenemos ganas de eso; pero lo más común es que se imponga por sí sola, aun cuando no la elegimos. Y si en alguna ocasión preferimos la concentración y el detenimiento, irrumpe la dispersión y, valiéndose del dedo, manipulando arteramente el ojo, se las arregla para prevalecer.
Tenemos entonces distintas capas de tiempo: el de la realidad, el de la televisión (que se le superpone), y el nuestro. El nuestro, de todas formas, no es homogéneo; disponemos, por lo pronto, grosso modo, de un tiempo para aprovechar y un tiempo para perder. O, si se prefiere: tiempo de trabajo y tiempo de ocio. O, si se prefiere: un tiempo para las “ocupaciones y negocios” (tomo la clasificación del viejo horóscopo del diario Clarín) y un tiempo libre. El tiempo perdido puede ser el pasado, y hay están esas cuantiosas páginas con la prosa perfecta de Marcel Proust para orientarnos en el propósito de recobrarlo; el tiempo perdido puede ser el porvenir, como atinó a detectar el punk con el grito de “No hay futuro”. Pero el tiempo que se pierde suele ser más que nada el presente; ése es el que se nos va y se nos escurre, el que podemos querer asir o resolvernos a dilapidar.
Nuestro tiempo libre está amenazado, porque casi todas las libertades hoy lo están: la de expresión, la de manifestación, la del placer, la de los cuerpos (la del poder económico, en cambio, es la que sí se preserva y avanza). El tiempo laboral se extiende y conquista con prepotencia el bendito tiempo libre, a veces con embates bruscos, a veces corriendo sigilosamente los mojones. Y así es que nos encontramos, en días o en horarios inauditos, un domingo a media tarde o un martes a las once y cuarto de la noche, o bien en un mes antes sagrado, como era enero, recibiendo un mensaje de la oficina o de la facultad o de la empresa o del estudio, con algún aviso o requerimiento, o llenando formularios administrativos del banco o de la compañía de teléfonos o de alguna dependencia estatal. Era nuestro tiempo de ocio; ahora lo pasamos trabajando. Era un tiempo que teníamos para perder; hoy lo tenemos que hacer rendir, lo tenemos que aprovechar.
Y a la vez, paradójicamente, no paramos de perder el tiempo. Cada vez con más frecuencia nos encontramos con que queríamos hacer algo, y al final no hicimos nada; o que queríamos ver algo, y al final no vimos nada. Cada vez con más frecuencia nos ocurre que nos colgamos, nos dispersamos, que boludeamos, y eso pasó cuando no queríamos, pasó sin que lo eligiéramos. Por eso no nos da placer, por eso más bien nos frustra. Se nos impuso, en cierto modo, sin que advirtiéramos bien de qué forma. Se nos impuso, a pesar nuestro, y por ende no tuvo nada de libre, no fue en verdad un tiempo de tiempo libre.
¿No es ésta, cada vez más, la condición más habitual de nuestra existencia? Apenas queremos perder el tiempo, resulta que tenemos que aprovecharlo; pero apenas queremos aprovecharlo, resulta que lo perdemos. Queremos entretenernos y no podemos, las tareas y asuntos pendientes se nos imponen; queremos hacer algo y no podemos, el dedo nervioso nos lleva de acá para allá y nos dispersa. Los parámetros del reparto del tiempo se alteraron, y para mal. Se dislocó la distribución primordial entre el tiempo laboral, el de las tareas, y el tiempo de ocio, el de ver la tele, o leer los diarios, o leer un libro, o escuchar música, o escribir cartas.
Y es que tanto las tareas forzosas, como la tele, los diarios, los libros, la música, los correos: está todo en el mismo dispositivo. Ahí están todos los tiempos, ¿será por eso que estamos todo el tiempo ahí? No dejamos de estar ahí ni cuando vamos al cine, o a la cancha, o al teatro, o cuando salimos a cenar con amigos, o cuando nos vamos a un bar a leer. No dejamos de estar ahí porque la mano compulsiva se estira, y el dedo compulsivo acude, y el ojo es entonces presa fácil, y eso ocurre cuando lo decidimos, pero también cuando no lo decidimos, o cuando habíamos decidido que no. Por algo se llamaba así la tan añeja “señal de ajuste”; porque algo había que ajustar en el tiempo, había capas distintas de la experiencia que tenían que ajustarse.
Algo en eso evidentemente se desajustó. Y no parece (es lo que importa) que la estemos pasando mejor. Más bien parece (es lo que importa) que la estamos pasando peor: más requeridos, más agobiados, más aplastados, más afligidos.
Martín Kohan – Cenital