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DOS ECONOMÍAS AL PRECIO DE UNA

 ¿Cómo los trata esta economía argentina? Sospecho que la mayoría de ustedes está ajustándose los cinturones. Pero también estoy seguro de que una parte menor está en un buen momento. Hoy vamos a hablar de eso. ¿Cómo puede ser que la actividad económica esté en máximos históricos, al igual que las exportaciones y el superávit comercial, pero que –al mismo tiempo– sea récord la destrucción de empresas, aumente el desempleo y la informalidad? ¿Por qué la parte de la economía a la que le va francamente bien no puede traccionar al resto?

La semana pasada se conocieron dos indicadores que dieron mejor de lo esperado. El superávit comercial de abril fue récord histórico para un mes. Y la actividad económica rebotó con fuerza en marzo, revirtiendo las caídas de enero y febrero: el primer trimestre terminó con variación positiva. Buenas noticias, sin duda.Pero, en paralelo, las empresas siguen cayendo como moscas y el mercado laboral muestra un deterioro que no cede.¿Cómo se explica que la economía crezca y el comercio exterior marque récords mientras el tejido productivo se destruye y el empleo se precariza? La respuesta es incómoda: no son fenómenos contradictorios. Es un país de senderos que se bifurcan y está convalidando dos economías en una.Un resultado comercial MOI buenoLas exportaciones de abril sumaron USD 8.914 millones, récord histórico para cualquier mes, con un crecimiento interanual del 33,6%. El superávit fue de USD 2.711 millones, también récord, y ya van 29 meses consecutivos de saldo positivo.Lo primero que vale aclarar es que el crecimiento es genuino: no es sólo un efecto de precios. Las cantidades exportadas crecieron 20,6% en abril y 12,8% en el primer trimestre. En 2025, las cantidades habían crecido 10% incluso con precios cayendo 0,6%. El salto exportador tiene sustancia real.Ahora bien, ¿qué exportamos? Los dos motores son Combustibles Energía — que crecieron 85,9% en valor y 53,2% en cantidades, impulsados por Vaca Muerta y por el precio del petróleo que subió tras el inicio del conflicto en Irán — y las Manufacturas de Origen Industrial (MOI), que crecieron 43,3% en valor y 24% en cantidades.El dato de las MOI merece una lectura cuidadosa. A primera vista suena a que la industria argentina exporta con fuerza. Pero buena parte de ese crecimiento corresponde a metales preciosos — oro, plata, litio — que se clasifican como manufactura industrial, pero que en la práctica funcionan como commodities mineras: poca generación de empleo, pocos encadenamientos con el resto de la economía.Por el lado de las importaciones, el cuadro es el inverso: vienen cayendo todos los meses en la comparación interanual. Pero la caída no es generalizada: mientras los usos vinculados a la producción retroceden (bienes de capital y piezas y accesorios para bienes de capital), los relacionados con el consumo aumentan (bienes de consumo, vehículos automotores).
La conclusión es directa: no importamos menos porque sustituimos por producción local o porque aprendimos a producir más eficientemente, sino porque la industria que los usaba se está achicando. Y en su lugar importamos el producto terminado.Dos economías al precio de unaEn marzo, la economía creció 5,5% interanual y 3,5% respecto a febrero. Eso compensó las caídas de enero (-0,2% mensual) y febrero (-2,7% mensual), y cerró el primer trimestre con una mejora acumulada del 1,7% interanual y del 0,3% frente al trimestre anterior. El número es bueno.Pero ojo que una golondrina no hace verano: dos advertencias.La primera es que los indicadores adelantados de abril ya muestran debilidad. El despacho de cemento cayó 13,2% interanual y revirtió toda la mejora del mes anterior. La producción automotriz retrocedió 17,5% y acumula una baja de 18,6% en el primer cuatrimestre. La recaudación real lleva nueve meses consecutivos en caída. El rebote de marzo no parece ser el inicio de una tendencia, sino la parte alta de uno de los dientes del serruchito de crecimiento.La segunda advertencia es la más importante. La desagregación sectorial del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) muestra con precisión la dualidad que el dato agregado oculta. En la comparación interanual de marzo, todos los sectores crecen –14 de 15– pero con una dispersión enorme: Agricultura (+17,9%), Explotación de minas y canteras (+16,3%) e Intermediación financiera (+8,8%) lideran. La Industria manufacturera y la Construcción crecen, pero hay que leerlo en contexto: en enero y febrero habían caído y los indicadores de abril anticipan una nueva caída. Es un rebote puntual, no una tendencia.Y, si miramos el trimestre completo, el crecimiento del 0,3% frente al trimestre anterior fue traccionado casi exclusivamente por los sectores primarios: agro, minería, pesca y energía, que crecieron 6,2%. Las actividades no primarias –industria, comercio, construcción, servicios– mostraron apenas 0,2% de mejora trimestral y siguen prácticamente planchadas.El patrón es nítido: la economía crece donde hay recursos naturales y finanzas; oscila sin tendencia –y en los peores meses cae– donde hay trabajo industrial y consumo masivo. Y no es casual: son exactamente los mismos sectores que explican la dinámica del comercio exterior. Los que crecen son los que exportan. Los que están estancados son los que importan y emplean gente.Una locomotora sin vagonesTodo lo anterior lleva a un diagnóstico que los datos confirman: Argentina no tiene una economía que crece a dos velocidades. Va configurando dos economías que coexisten, se mueven en direcciones opuestas y la parte que crece no tracciona a la estancada.La primera –agro, energía, minería– es la que genera los dólares del superávit. Es intensiva en capital y escasa en empleo. La segunda –industria, construcción, comercio– es la que da trabajo a la mayoría de los argentinos. Y es la que se está destruyendo.
Desde noviembre de 2023 cerraron 24.437 empresas, el 4,8% del total, la peor caída en los primeros 27 meses de cualquier gobierno en la historia reciente. La caída es generalizada entre sectores económicos, tamaños de las empresas y provincias en donde están radicadas, con pocas excepciones. Una de ellas replica la dualidad: la única provincia que creció fue Neuquén, corazón de Vaca Muerta.El impacto sobre el mercado de trabajo es lo que más debería preocupar. Cuando asumió el gobierno, el desempleo era del 5,7%. Hoy es del 7,5%, casi dos puntos más. La informalidad laboral llegó al 43% de los ocupados (9,2 millones de personas), 1,6 puntos más que en noviembre de 2023. Entre los jóvenes de hasta 29 años, el 58,4% trabaja en la informalidad.Y el empleo asalariado registrado perdió más de 300.000 puestos desde noviembre de 2023. Los sectores más golpeados son construcción, industria y comercio. Mientras tanto, en el mismo período, tenemos 158.000 monotributistas más. En resumen, sólo la mitad encontró refugio en el monotributo; la otra mitad fue a la informalidad o al desempleo. En ambos casos, un claro deterioro de las condiciones laborales.Que vivas en tiempos interesantesHay algo más que hace que este momento sea muy atípico. En los períodos de crecimiento, la situación laboral mejora, las importaciones aumentan y la recaudación tributaria sube. Es casi mecánico: cuando la economía se expande, los ingresos se incrementan, el consumo acompaña y una parte de ese consumo es importado. Como la demanda crece, las empresas contratan e invierten, y buena parte de esa inversión son insumos y bienes de capital de afuera. Toda esa actividad tributa, por lo que la recaudación se incrementa.Lo que está pasando hoy no tiene precedente: el PBI crece con aumento en el desempleo y la informalidad, caída de importaciones vinculadas a la producción y reducción en la recaudación. Es una locomotora sin vagones.RIGI mortisSi la dualidad ya es un problema hoy, el RIGI y el posible Súper RIGI anunciado por el gobierno la van a profundizar. El razonamiento del oficialista es claro: para que lleguen las inversiones en sectores estratégicos –minería, energía, infraestructura– hay que ofrecer condiciones competitivas a escala global. El problema es que esas condiciones son, en muchos casos, concesiones que las empresas no estaban solicitando y no se les pide tampoco mucho a cambio en términos de proveedores locales, es decir, de enganchar vagones a la locomotora.El RIGI, en materia impositiva, reduce la alícuota de Ganancias del 35% al 25% (y al 15% en el Súper RIGI); la amortización acelerada permite recuperar la inversión fiscalmente en dos o tres años en lugar de diez o veinte; los dividendos tributan al 3,5% (en lugar del 7%) a partir del séptimo año; y las importaciones de bienes de capital, repuestos e insumos del proyecto quedan exentas de aranceles. En materia cambiaria, los proyectos quedan gradualmente eximidos de la obligación de liquidar las divisas en el mercado local: pueden retener el 20% desde el segundo año de operación, el 40% desde el tercero, y el 100% desde el cuarto.La estabilidad normativa de todos estos beneficios está garantizada por 30 años, lo que limita seriamente los márgenes de acción de los gobiernos futuros. Por ejemplo, impide ir en la dirección que muchos países están tomando en materia impositiva: tributar el patrimonio de los súper ricos y capturar rentas de recursos naturales en contextos, como el actual, de precios excepcionalmente elevados.Esto significa que el modelo que está emergiendo resuelve el problema de los dólares de una manera peculiar: construyendo una economía exportadora que, por diseño, tributa menos, tiene menos proveedores locales y retiene más en el exterior; lo que en economía se llama un “enclave”.Que la solución no engendre un problema peorArgentina esperó décadas para resolver su problema de los dólares. Y hoy ese problema parece estar resolviéndose. Si bien todavía falta el examen más difícil –mantener a raya la dolarización de carteras durante el año electoral–, el superávit es genuino, las exportaciones crecen en volumen, Vaca Muerta es una realidad. Es una muestra de que las políticas de Estado dan sus frutos.Una economía que resuelve su restricción externa destruyendo su tejido productivo intensivo en trabajo puede ser sostenible desde el punto de vista de las cuentas externas. Pero tiene un costo social que los números del mercado laboral ya muestran –más informalidad, más desempleo, salarios que no alcanzan– y un costo productivo de largo plazo que todavía no aparece en ningún indicador: el conocimiento que se pierde cuando cierra una fábrica, la red de proveedores que se deshace, la capacidad industrial que tarda años en reconstruirse.La pregunta no es si está bien tener un sector exportador pujante. Eso está muy bien. Nos la pasamos afirmando que necesitamos dólares para crecer. La pregunta es qué tipo de economía estamos construyendo mientras lo conseguimos. Y si estuvimos esperando tanto tiempo para resolver el problema de los dólares, vale la pena asegurarnos de que la solución no genere otro problema más difícil de resolver.

Guido Zack | Cenital

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