Romina, la editora de #Rollover, me sugirió el tema “boom de ventas vehículos usados” porque surgió en sus charlas con conocidos y es algo muy cercano al bolsillo de los lectores. Me pareció interesante, me puse a chusmear un poco los números y verifiqué que, efectivamente, el 2025 fue un año récord en venta de usados, pero no así de nuevas unidades.
El dato habla por sí solo. Comprar un auto usado no es moco de pavo: tenés que apelar a la buena reputación y honestidad del vendedor para que no te encajen chatarra. Pero además, hay algunos datos que sugieren que la gente con recursos está comprando más autos de lujo y que muchas operaciones de compra-venta que involucran unidades que ya tienen sus añitos se están destinando a fines utilitarios. Esto está bueno porque significa laburo, pero yo tengo una sospecha: que este boom está más motivado –entre otras cosas– por la necesidad de hacerse chofer o delivery en la economía de aplicaciones, que en el actual contexto es una forma de desempleo encubierto.
Durante la presidencia de Javier Milei se rompió el récord histórico anual de venta de vehículos usados, según la Cámara del Comercio Automotor. En 2025 se comercializaron casi 1,89 millones de autos usados, el mayor registro histórico, superando el récord previo de 2013 (algo así como 1,85 millones). Para que te hagas una idea, durante el mejor año del gobierno de Mauricio Macri, el 2017, se vendieron casi 1,80 millones, y durante el pico del gobierno de Alberto Fernández, durante el 2021, la cifra fue de 1,69 millones.
El contraste con el mercado de vehículos nuevos es evidente. Aunque en 2025 la venta repuntó y alcanzó a superar las 600.000 unidades, constituyendo el mejor año desde el 2018 (cuando se vendieron aproximadamente 800.000), todavía estamos lejos del récord de 2013, cuando se superó el millón de unidades. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
El hombre lobo mató al mayordomo en el garaje
Cuando yo era chico me divertía jugando juegos de mesa (todavía no reinaban las pantallas) y uno de los “hits” era el Misterio: un juego en el que había que descubrir qué monstruo era el asesino, a quién había matado y en dónde.
Ahora no tenemos ni un lugar del crimen, ni una víctima ni un asesino, pero la misión es igual de compleja: tenemos que develar quién está comprando autos, si son nuevos o usados, y para qué fines.
¿Por qué pienso que se venden más autos? Medidas y fenómenos, como el blanqueo de capitales y la baja de la inflación, contribuyeron a una cierta recuperación del crédito –el Banco Nación sacó una línea especial para comprar usados y 0 kms a tasas relativamente más bajas– y del gasto en el rubro bienes durables. Te podría sumar también que la tranquilidad del dólar — en particular de sus versiones “blue”, “mep” y “ccl”, cuya cotización influye en mayor medida en el precio de estos bienes — fue sin dudas otro factor central en esta película.
Ahora nos falta entender por qué se venden muchos más usados y no tanto nuevas unidades y con qué fines. Porque factores como que haya algo más de crédito o un poco más barato, no explican por qué la gente elige un usado y no un auto nuevo.
Va mi hipótesis: el culpable no es ni Drácula ni La Momia, pero es un monstruo grande y pisa fuerte: los bolsillos flacos. La estabilidad del dólar y la expansión del crédito no son de gran utilidad para empujar la actividad económica si tus ingresos crecen por debajo de la inflación, algo que ocurre si miramos desde fines del 2023 hasta hoy, y que es más evidente para todos aquellos que no tienen un empleo registrado (y que se anotan en la economía de plataformas, como conductores y no como clientes). Spoiler alert: hay más ventas de vehículos con fines utilitarios.
La composición del mercado automotor confirma mis sospechas. Efectivamente, la gente con plata está comprando autos de lujo, cuyas ventas vienen creciendo de la mano de un fuerte componente de importados (gracias a la apertura económica y la tranquilidad del dólar), mientras que los sectores que juntan o juntaron algunos pesos lo usan para adquirir un vehículo usado mucho más barato, o tal vez una motito (un rubro que tiene la particularidad de ser un consumo tanto de lujo como un medio de transporte para sectores de menores ingresos). Entre los usados aparece un componente importante de unidades que, por sus características (por ejemplo, son más compactos o usan más eficientemente el combustible), habrían sido vendidas con fines utilitarios.
Un dato algo positivo entre todo esto es que hubo un crecimiento de la venta de usados en provincias; en muchas de ellas el vehículo se usa más para laburar que como consumo aspiracional, o al menos más que en CABA. Durante el 2025, en provincias como Neuquén, Santiago del Estero y Formosa, las operaciones crecieron entre el 20% y el 30%, contra apenas algo más del 3% en CABA.
Por qué comprar o vender un auto usado es tan jodido
El auto es un símbolo de los tiempos modernos. No sólo está asociado con la industria, una actividad que define el mundo en el que vivimos, sino que también representa estatus y es un bien aspiracional. Obviamente, todo el mundo querría un 0 km; comprar un usado no es algo a lo que uno generalmente aspira. Además, la operación en sí no es ninguna pavada. Todo el mundo sabe que no se le compra a cualquier persona un vehículo con sus añitos.
George Akerlof ganó el Premio Nobel de economía por describir los problemas que surgen al tratar de participar en mercados “opacos” (con poca información). Más precisamente, le reconocieron su contribución a la descripción de un fenómeno conocido como “fallas de información”, que hace que los mercados no funcionen correctamente; fue galardonado por ello junto con Spence y Stiglitz en 2001.
El paper más famoso de Akerlof describe el comportamiento del mercado de “limones”, que es una forma de referirse a los autos usados. La historia es más o menos así: cuando comprás una unidad vieja, básicamente no sabés si te venden chatarra o un rodado decente; ambos tienen un precio parecido y sólo el vendedor sabe qué hay adentro del motor. Esto hace que el precio de una unidad vieja promedio baje, con independencia de si es de buena o mala calidad, lo que puede resultar en que los poseedores de los vehículos que funcionan se retiren del mercado, dejando sólo la basura.
Los consumidores, que no son boludos, saben que sólo quedan a la venta los “limones”. Si los autos son muy baratos, ¡muy buenos no deben ser! Así, ante la imposibilidad de conocer la calidad del auto, sólo se venden usados de mala calidad y hay todo un rubro (“buenos autos usados”) que no tiene mercado, entre otros problemas.
Situaciones de este tipo, en las que una parte de una transacción económica sabe más que la otra, abundan. Por ejemplo, una compañía de seguros o una prepaga sabe menos qué sus clientes, pero desde ya te digo que si tu abuelo o tu primo pistero van a demandar estos servicios, es porque son más propensos a enfermarse o a tener accidentes. Esto sube el precio de la cobertura y hace que la gente sana o responsable se retire del mercado, pero, además, como es muy caro, mucha gente queda descubierta.
En definitiva, si con todo el lío que implica comprar un usado estamos en medio de un récord de operaciones, mientras los que fabrican y venden nuevas unidades no la pasan tan bien por la competencia importadora, la cosa debe ser seria. A fin de cuentas, no todos tenemos tíos o primos buena onda y honestos a los cuales comprarle el auto.
Una economía de dos velocidades
Si mi memoria no falla, te conté en más de una ocasión (por ejemplo, acá y acá) que uno de los efectos de las políticas de Milei es profundizar el carácter dual de la economía Argentina. El economista brasileño Edmar Bacha (famoso por estar en la cocina del Plan Real, que permitió parar la hiperinflación en Brasil durante los 90) acuñó el término “Belindia” para describir su tierra natal, como una mezcla entre Bélgica y la India. Literal, en Río de Janeiro o São Paulo tenés una torre de lujo con pileta, seguridad privada armada hasta los dientes y helipuerto, y al lado tenés una favela.
La descripción de Bacha se aplica a casi toda América Latina, pero en menor medida a los casos de Argentina, Chile y Uruguay, que supieron construir una sociedad más integrada con una clase media pujante, al menos hasta hace unas décadas. Sin ir más lejos, compará el ingreso por habitante de CABA con el de las provincias más pobres de Argentina y vas a encontrar exactamente el mismo fenómeno, pero no tan acentuado como en Brasil o incluso en México.
Mucho de esto que tenía Argentina y que nos hizo un gran país se fue perdiendo desde los 80 en adelante. Algo se recuperó, pero poquito y, como sucedió en toda la región, esa recuperación se dio en particular durante un breve interregno en los 2000, cuando el auge del precio de las materias primas permitió que la distribución del ingreso en la región mejorara. Por eso me parece, y no soy el único que piensa así, que el fenómeno que Bacha describió hace varias décadas se va a acentuar. América Latina fue, es y probablemente será por mucho tiempo una de las regiones más desiguales del mundo. Para que te des una idea, el barrio Jardins en São Paulo tiene el PIB per cápita más alto de todo el continente americano (bueno, casi, eso es una exageración de mis amigos brasileños).
Pero volvamos a la Argentina de Milei: son cada vez más las señales de que hay sectores que son claros ganadores y sectores que son claros perdedores. La destrucción de empleo formal en la industria (incluyendo al rubro automotor, donde también se siente la penetración de importaciones y se verifica un bajo uso de la capacidad instalada) no está siendo compensada — ni a palos — por el crecimiento de Vaca Muerta (que ni siquiera alcanza para reemplazar los empleos que se pierden en las cuencas en decadencia).
El rubro que parece estar absorbiendo trabajadores es el autoempleo, por ejemplo, mediante aplicaciones de delivery o transporte de pasajeros (¿viste qué barato está tomar un Uber?). Este panorama que estamos viendo (récord de usados, nuevas unidades no tan bien) es un rasgo que perfectamente le cabe a Belindia. El boom de operaciones de compra-venta de vehículos usados, combinado con repunte de ventas de autos de lujo y motos, me huele a una economía que maneja dos velocidades y parece encontrarse, sin prisa pero sin pausa, con su destino latinoamericano.
Emiliano Libman | Cenital
