Como sabrás a esta altura, Lula logró dar vuelta una elección increíble y gobernará Brasil por cuarta vez. En junio te envié un correo desde Rio en el que te contaba que su administración había logrado aprobar el Marco Legal do Transporte Público Coletivo, que reconoce formalmente que el transporte público genera beneficios para el conjunto de la sociedad y que por lo tanto no debe ser financiado solamente por los pasajeros. Concretamente, la ley habilita a estados y municipios a financiar el sistema mediante subsidios, fondos específicos de movilidad, la explotación comercial de estaciones y la valorización inmobiliaria generada por la infraestructura de transporte, un modelo que podrían copiar las ciudades argentinas.
El cine es la puerta a otros mundos, pero está siempre situado en uno de ellos. “Entrar en un cinematógrafo de la calle Lavalle y encontrarme (no sin sorpresa) en el Golfo de Bengala o en Wabash Avenue me parece muy preferible a entrar en ese mismo cinematógrafo y encontrarme (no sin sorpresa) en la calle Lavalle”, decía Jorge Luis Borges, que entre otras mil cosas también fue crítico de cine.
En su reseña de la película La fuga para la revista Sur, Borges adelantaba la paradoja de las salas: espacios donde la vida cotidiana se interrumpe para trasladarnos a otras geografías pero, a la vez, lugares de encuentro, refugios colectivos y elementos de la identidad urbana. Hoy, a las puertas de su enésima crisis, el cine insiste, aunque su impacto en la trama urbana está mutando una vez más.
La salida al centro
Clara Kriger es doctora en Teoría de las Artes por la Universidad de Buenos Aires y vicepresidenta de la Asociación de Estudios de Cine y Audiovisuales (AECA). Cuando le consulté por el impacto del cine en las ciudades, me dijo que habría que pensarlo en relación a cómo fueron cambiando los sitios de ocio en la urbe.
“Entre los años ’30 y los años ’50, el cine fue el espectáculo popular preferido, donde uno podía ir a conocer lo que era la modernidad”, dice Kriger. “La modernidad cambió la percepción del tiempo y el espacio y el cine tuvo mucho que ver con esa pedagogía”.
En Buenos Aires había, por supuesto, cines de barrio y cines de centro. “Para quienes venían de los barrios, la forma de ir a unos y a otros marcaban experiencias culturales diferentes. Para ir al cine del centro había que vestirse distinto y adoptar una serie de prácticas un poco ajenas a la sala de barrio, donde uno podía gritar, llevar comida y hasta bailar en los pasillos”, dice la investigadora. El cine de barrio ofrecía un “programa monstruo”, que permitía ver tres o cuatro películas con un mismo ticket.
El panorama comenzó a cambiar a partir de la década del sesenta con la explosión de la música juvenil y el surgimiento de otras formas de ocio. Las clases medias, cuenta Kriger, empezaron a viajar más al centro: fueron los años de auge de los cines de Corrientes y de la calle Lavalle (“Sábado a la noche, cine”, recordado título de Fernando Ayala), mientras que algunos cines de barrio, como el de Belgrano, comenzaron a funcionar bajo la misma lógica, con estrenos y películas grandes. Funcionaban como ancla de actividad, generando flujos peatonales constantes en horarios en que otros comercios ya habían bajado la persiana.
Pero a partir de finales de la década del ochenta, con la tematización de la inseguridad urbana y la construcción de los primeros shopping centers, el centro también entra en crisis. La televisión permite ver películas a color, aparece el VHS, se consolida la televisión por cable: la concurrencia a las salas comienza a mermar y el ocio se vuelca al espacio privado.
“Es entonces que empieza a ser difícil colmar los cines de Lavalle y Corrientes, de cientos o miles de butacas. Es mucho más rentable dividir esos cines en distintas salas y tener un público más acotado en cada una”, dice Kriger. “Ese cambio cultural se combina con la idea del shopping: el paseo se da dentro de un edificio y no por las calles de la ciudad”.
La calle o el pasillo
Para el crítico Javier Porta Fouz, director artístico del Bafici, el cambio más notorio de las últimas cuatro décadas es la consolidación de las “películas-acontecimiento”, desde La odisea hasta Minions 4, que hoy explican la enorme mayoría de las entradas vendidas y marcan una forma específica de la práctica de ir al cine.
“Antes la oferta era otra: ibas al cine, podías ir a comer, tomar un café, te ibas a comprar un CD, hacías un recorrido por el centro o los centros de la ciudad. Ese ecosistema hoy es distinto, salvo que vayas a circuitos específicos que aún conservan una dinámica de comercios o librerías de cercanía”, me dice Porta Fouz. “Por eso es importante distinguir entre la sala de cine donde salís a la calle o la sala de cine en la que salís a un pasillo”.
Salir de un cine de la calle Lavalle en los ochenta era emerger de la penumbra a las marquesinas de neón, el humo de los cigarrillos, el olor dulzón de las castañas, los vendedores ambulantes y la muchedumbre. Cuarenta años más tarde, salir de un multiplex en un shopping es una experiencia sensorial completamente diferente: el aire acondicionado, el olor a nachos con cheddar en los pasillos alfombrados, el espacio liminal de los locales cerrados.
Alma de barrio
El Cine York nació en 1910 por iniciativa de la Sociedad de Socorros Mutuos de Olivos. Inicialmente era un cine teatro con una máquina cinematográfica Gaumont, pero además de proyectar películas, el edificio albergó bailes, obras teatrales, fiestas y reuniones vecinales. Durante su trayectoria también estuvo vinculado a la historia del cine argentino y a las producciones de los estudios Lumiton, instalados en la cercana localidad de Munro.
A comienzos de la década del ochenta, la sala entró en declive y finalmente cerró en 1987, en un contexto de pérdida de público frente al crecimiento de los grandes complejos. En 1994 la Municipalidad de Vicente López compró el inmueble, lo declaró Monumento Histórico Municipal y lo hizo funcionar nuevamente como espacio cultural. Desde entonces, el York se consolidó como una sala pública de referencia para la exhibición de cine independiente, festivales y ciclos de autor. En un mapa cultural que suele llevar al conurbano hacia el centro, el York traza el camino inverso: atrae hasta Olivos a espectadores porteños que viajan especialmente para sus ciclos.
¿Qué impacto urbano tiene un cine de estas características? “La vida del barrio se funde con la vida de quienes visitan el cine”, me dice Juan Manuel Domínguez, director artístico del Cine York. “Nuestras proyecciones son gratuitas y se efectivizan mediante la entrega de la entrada física quince minutos antes del inicio de cada función, lo que genera largas colas y una fauna bastante particular, desde la parejita que viene en plan cita hasta los viejitos o el vecino. Hay algo especial en los diferentes públicos que van apareciendo ahí. Hay un código: saben que es el momento de charlar antes de la película y nadie se enoja, por ahí uno está con una cerveza, otro con un café…”.
Domínguez cree que al ecosistema le falta una pata: el York está situado frente a una plazoleta y a metros de la estación Borges del Tren de la Costa, pero no hay un restaurante cerca que aproveche el flujo de la sala y el café de la vuelta cierra a las ocho de la noche.
El interior resiste
El esquema se repite en otras grandes ciudades argentinas. En Córdoba en las últimas décadas se consolidó el modelo de cines de cadena en shoppings: los Cinemark Hoyts de Patio Olmos y Nuevo Centro, el Showcase de Córdoba Shopping, los Cines Dino de Alto Verde y Ruta 20 y el complejo Las Tipas del Paseo del Jockey, en el sur de la ciudad. La oferta se completa con otras salas comerciales, como el Gran Rex y el Cinerama, y otras de corte independiente como el Cineclub Hugo del Carril y el Cine Arte Córdoba. En Rosario se repite el esquema: complejos comerciales en malls, salas tradicionales en el centro y espacios públicos con un programa más amplio, como El Cairo (de gestión provincial) y el Lumière, una sala municipal que lleva el cine más allá del circuito céntrico.
Otras localidades más pequeñas no corrieron la misma suerte. En San Clemente del Tuyú, el histórico Cine Gran Tuyú, inaugurado en 1937, anunció su cierre definitivo en abril; en Villa Ramallo, en el norte de la provincia de Buenos Aires, el cine del Auditorio Libertador, reabierto en 2024, tuvo que cerrar tras una caída sostenida de espectadores y dificultades para cubrir los costos. En la era del streaming el empobrecimiento de la oferta es doble: hay menos lugares donde ver cine colectivamente y menos diversidad de programación, porque las salas que sobreviven suelen depender de títulos comercialmente más seguros.
Frente a eso, se imponen diferentes estrategias. La directora argentina Lucrecia Martel, por ejemplo, armó un circuito especial para lograr que su documental Nuestra tierra se pudiera ver a lo largo y ancho del país.
“Como la propuesta de Lucrecia es que la película se pueda ver colectivamente, armamos un dispositivo mediante el cual comunidades, escuelas, universidades, asociaciones y centros culturales podían pedirnos una proyección por mail”, me dice Malena Rey, coautora del newsletter #ElHiloConductor e integrante del equipo de comunicación de Nuestra tierra. “La condición fue que los solicitantes se encargaran de coordinar el debate posterior a la proyección”.
Recibieron más de 200 pedidos, “de Ushuaia a La Quiaca”. Y que así, tras su recorrido comercial (en el que llevó más de 40.000 espectadores en 17 provincias) y en paralelo a su estreno en Netflix, el documental de Lucrecia Martel se sigue exhibiendo en los lugares más insólitos o recónditos. “Es una movida bastante original dentro de lo que son los estrenos nacionales y responde a la propuesta de que se trata de una película pensada para que la gente se la apropie y la discuta”, explica Rey. Un cine es allí donde sucede el cine.
A fin de cuentas, el cine no es solo un camino hacia otro mundo (interno), también lo es hacia el afuera. Las salas generan un efecto derrame sobre su entorno, hacen a la identidad de un barrio y construyen un cierto tipo de sociabilidad urbana. Cuando desaparece un cine, desaparecen también la charla previa en la fila y la sobremesa posterior y, con ellas, el humus cultural que enriquece nuestra vida en la ciudad.
Federico Poore | Cenital
