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DOLARIZAD LOS PANES Y LOS PE$O$

En un intento por congeniar con los sectores cercanos al mundo de la fe, Javier Milei participó de un acto con sectores evangélicos en el cual el pastor Jorge Ledesma narró que Dios lo bendijo y le convirtió 100.000 pesos que tenía guardados en 94.000 dólares.

No solamente es una conversión milagrosa por sus características, además el tipo de cambio pactado para la operación entre un mortal y un ser superior arroja una cotización de algo más de 1,06 pesos por dólar, valores muy similares a los de la Convertibilidad.

Ese interesante plot twist del relato bíblico — recordemos, con cinco panes y dos peces Jesús logró alimentar a una multitud — tiene más asidero que las aspiraciones de dolarizar la economía argentina al día de hoy. No sería la primera vez que alguien busca la intervención de fuerzas sobrenaturales (o en este caso, divinas) para enderezar la economía argentina. 

Una de las frases inmortales es la del exviceministro de economía Alfredo Canitrot, que tuvo — nada más y nada menos —  que meter las manos en la masa del Plan Austral (cuando su jefe, Juan Sourouille ocupaba las oficinas del quinto piso, durante la presidencia de Raúl Alfonsín). Sobre la estrategia para combatir uno de los principales flagelos económicos, dijo: “Para bajar la inflación soy monetarista, estructuralista y todo lo que sea necesario; y si hay que recurrir a la macumba también”. 

Cuando los funcionarios recurren a este tipo de metáforas y buscan la intervención de aliados poco comunes en temas de suma complejidad, como la economía, es que algo es muy difícil de resolver o no está saliendo como se esperaba.

La promesa de dolarizar la economía, o al menos avanzar hacia una economía bimonetaria, algo que el Gobierno intentó hace unos pocos meses, queda bastante lejos. El combo de razones se podría resumir así: no hay dólares suficientes en las arcas, ni en las de Noé, ni en las del Banco Central, y los que están en poder del sector privado (que son muchísimos) se resisten a circular, debido, entre otras cosas, al proceso de desinflación y apreciación cambiaria que comenzó tras la fuerte devaluación de diciembre del 2023.

Dolarizar por las malas

El dinero tiene tres funciones: medio de cambio (se usa para comprar cosas), unidad de cuenta (mide el valor de los bienes y servicios) y reserva de valor (sirve para ahorrar). Cuando la inflación destruye la moneda, estos tres atributos se van desdibujando. Primero dejamos de ahorrar en pesos y, eventualmente — si la inflación llega a niveles muy altos, mucho más altos que el 10–12% mensual de agosto-septiembre del 2023 — , los precios se fijan en dólares y las transacciones se llevan a cabo en esa moneda.

Los economistas denominamos eso como “dolarización de facto”. A veces, los países reconocen que ese fenómeno viene teniendo lugar y, buscando una solución rápida al problema inflacionario, dolarizan formalmente la economía, incluso cuando aún la moneda nacional sigue operando. Vale decir, fuerzan un proceso de redenominación de los contratos en moneda nacional a moneda extranjera (reemplazando por el signo “dólar” en donde antes estaba el signo “peso” para obligaciones de todo tipo) y compran todos los billetes en circulación a un cierto tipo de cambio.

Dolarizar es una mala idea. Elimina instrumentos claves de la política económica, como la política monetaria (que entre otras cosas te puede ayudar a prevenir el colapso del sistema financiero ante situaciones de estrés) y nos saca un resorte clave para prevenir crisis y mitigar los “shocks” externos, como es la flotación del tipo de cambio (aunque sea entre bandas). ¿Vieron que ahora el Gobierno se infla el pecho diciendo que el tipo de cambio es libre? Es por este tipo de cosas.

Incluso los partidarios de una política económica tan extrema y con tan pocos practicantes en el mundo como lo es la dolarización, la defienden como una medida extrema para casos sumamente patológicos y admiten que habría que hacer muchísimas cosas (como una reforma fiscal, laboral y comercial) para que la dolarización tenga alguna chance de caminar.

Por si todo esto fuera poco, para dolarizar en la práctica se requiere reemplazar al menos la base monetaria (que son los pesos que existen en el día a día y en las reservas de los bancos) por dólares. Como nos cansamos de repetir, el Gobierno no parece muy animado a juntar reservas internacionales: literalmente dos minutos después de comprometerse a hacerlo con el FMI las señales apuntaban todas en sentido contrario.

En el contexto actual, la forma — traumática — con la que se podría dolarizar es mediante un salto previo muy brusco del tipo de cambio, lo que implicaría tener que poner poquitos dólares para rescatar los pesos. Antes que enfrentar semejante costo, mejor es optar por un programa económico que reduzca la inflación y establezca las bases para tener moneda propia, como hicieron la mayor parte de los países del mundo (incluyendo casi todos nuestros vecinos en la región).

Por las buenas

Como la dolarización, además de indeseable es impracticable fuera de un estado de crisis terminal — que ningún gobierno quiere atravesar — , el ministro de Economía, Luis Caputo, ensaya otra serie de medidas que busca que los argentinos saquen los dólares del colchón. Eso explica medidas como el blanqueo o las facilidades para realizar transacciones en moneda extranjera con tarjeta de débito.

Por ahora, se logró que unos 20.000 millones de dólares “blanqueados” reingresen al sistema financiero — lo que no es poca cosa y de hecho funcionó como un pulmotor para atravesar la segunda mitad del 2024 — y que compatriotas disfruten del turismo internacional, pero en la economía nacional el billete todavía no circula (exceptuando para aquellas operaciones de gran valor como la compra-venta de inmuebles, algo que ocurre desde hace rato).

Las razones del fiasco no son difíciles de entender: la inflación está bajando, y mediante diversos mecanismos el Gobierno logró mantener a raya la cotización del dólar, lo que a grandes rasgos implicó que en los últimos 20 meses el peso se fortaleció. Con un peso muy caro y con tasas de inflación algo más bajas, los argentinos y argentinas no tienen incentivos a sacar los dólares del colchón.

O por intervención divina

Tan poco éxito tuvo el intento de lanzar un bimonetarismo criollo, que el Gobierno emitió el Bonte, un título público en pesos para inversores en dólares. Para entender la rareza de la medida, basta con recordar que en esta disciplina se suele decir que en economías como la Argentina el sector público tiene problemas para emitir deuda en moneda nacional, culpa de un “pecado original”.

Evidentemente, el Gobierno está haciendo buena letra y limpiando sus pecados. Porque como un niño que se porta bien ante los Reyes Magos, estamos en un año electoral y el Gobierno va a hacer todo lo posible para que el dólar esté bien barato. Si hay que quedar bien para evitar un salto del tipo de cambio, bienvenido sea. Las chances de que se habilite el camino de una dolarización “por las malas” parece entonces ciencia ficción. Por otra parte, imaginarse que súbitamente la dolarización “endógena” se materializa choca de bruces con la realidad y contra la experiencia internacional, que muestra que cuando baja la inflación, los ciudadanos difícilmente abandonan la moneda nacional para su transacciones habituales, como pretende que ocurra Caputo.

Queda entonces un único camino para que el Gobierno cumpla con su vieja promesa de dolarizar, y de paso consiga que aparezcan los billetes para que la economía argentina arranque: apelar a una fuerza divina que transforme los depósitos en pesos en dólares. ¿Y si siguen sin aparecer?

Hacia una dolarización bíblica

Que no panda el cúnico, ya está en marcha un tercer plan. Como comentamos, las gestiones para dolarizar por otra vía ya comenzaron: el equipo negociador encabezado por Jorge Ledesma ya está en comunicación con los inversionistas interesados y desde esta trinchera seguiremos muy atentamente los acontecimientos.

No solamente es un gran momento para ver si se verifica la “doctrina de la inmaculada concepción”, que es como el Nobel de Economía Paul Krugman describe a las teorías fantasiosas, que sugieren que un desequilibrio externo puede corregirse sin un cambio significativo en el tipo de cambio real (en el caso Argentina, una suba del dólar). Además conseguir o no una dolarización “milagrosa” le permitiría a la economía Argentina romper con el estancamiento “secular” que en economía, a diferencia de la referencia bíblica, implica “sostenido” que la aqueja desde hace más de una década.

Lamentablemente, no podemos garantizar el éxito del operativo, y no podemos descartar la posibilidad de que, si el Gobierno no consigue multiplicar los dólares, se enfrente a una encerrona. Sin dólares por ningún lado, la actividad económica da algunas señales que podrían implicar cierta desaceleración, fruto de un combo de tasas de interés altas, un peso fuerte y el proceso de apertura comercial.

Descartado un salto cambiario brusco que desemboque en una dolarización de facto, y sin perspectivas de que avance la dolarización endógena, la ausencia de un acuerdo entre las fuerzas del cielo y el Todopoderoso, que permita conseguir dólares, deja al Gobierno con un amargo resorte: multiplicar panes y los pesos. ¿Se profundizará la etapa escatológica de la política económica?

Bonus track

  • Estoy casi obligado a recomendar que leas Diario de una temporada en el quinto piso, de Juan Carlos Torres, quien fuera parte del equipo de Sourrouille.
  • Si querés saber un poco más sobre dolarización te invito a leer este documento escrito por los autores de este newsletter y Juan Martín Ianni para Fundar.


Emiliano Libman | Cenital

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