Javier Milei llegó al gobierno con la promesa del ajuste más grande de la historia. Primero, para eliminar el déficit fiscal. Segundo, para bajar impuestos. Según él, le devolvió 100.000 millones de dólares al sector privado. ¿A vos cuánto te tocó?
Para contestar esa pregunta, arranquemos por lo más básico: ¿para qué pagamos impuestos? ¿Quiénes lo hacen en mayor proporción? El sistema tributario es el mecanismo a través del cual el Estado consigue los recursos que después usa para financiar los gastos. Si queremos jubilaciones dignas, salud y educación de calidad, infraestructura, ciencia y técnica, etc., también tenemos que estar dispuestos a pagar por eso. No hay forma de tener lo primero sin lo segundo.
Pero los impuestos hacen algo más. Son, junto con el gasto, una de las herramientas más potentes que existen para mejorar la distribución del ingreso resultante del mercado. ¿Cómo? Haciendo pagar más a los que más tienen.
Es más fácil esconder un ingreso que una casa
Para que paguen más los que más tienen son esenciales los impuestos directos. Ganancias, por ejemplo, recién se empieza a pagar a partir de cierto nivel de ingresos –quien gana menos que ese umbral no paga– y su alícuota crece a medida que el ingreso sube. El que más gana, más aporta, no solo en cantidad de pesos, sino que también paga una mayor proporción de su ingreso. Así de simple.
El problema es que los ingresos se pueden esconder. Por eso los impuestos a los ingresos se suelen complementar con otros al patrimonio: es mucho más difícil disimular una casa o un campo que una transferencia. De ahí esta frase, que conviene tatuarse: es más fácil esconder un ingreso que una casa.
Después están los impuestos indirectos. Esos no miran cuánto ganás ni cuánto tenés, sino cuánto consumís. El más conocido es el IVA, pero también lo son Ingresos Brutos o el impuesto al cheque. Y acá aparece la trampa: como las familias de menores ingresos gastan casi todo lo que ganan, y las de mayores ingresos ahorran una parte, los que menos tienen terminan pagando una porción más alta de su ingreso en este tipo de impuestos.
Vamos a ver cómo es… el reino del revés
Resulta que el sistema tributario argentino se apoya, sobre todo, en impuestos indirectos. Entonces no hace falta ser adivino para anticipar el resultado: en lugar de mejorar la distribución del ingreso, la empeora.
El gráfico lo muestra sin anestesia. En nuestro país, las familias de menores ingresos pagan un porcentaje mayor de lo que ganan en impuestos que las de mayores ingresos. Y, si afinamos la mirada, se ve por qué: la presión sobre los que menos tienen viene casi toda de los impuestos indirectos, mientras que los directos pesan más sobre los que más tienen, pero no alcanzan a equilibrar la balanza.
Con este diagnóstico sobre la mesa, dos cosas quedan claras. La primera: Argentina necesita una reforma tributaria urgente. La segunda, más importante: no cualquier reforma, sino una que baje el peso de los impuestos indirectos y mantenga –o aumente– el de los directos.
El gobierno de Milei se jacta de haber bajado la presión tributaria y eliminado 24 impuestos. Suena bien. Pero la pregunta no es cuántos bajó, sino cuáles. Veamos.
Que la inocencia te valga
El primero que tocó fue Bienes Personales. Justo ese, el que sirve para gravar a las familias de altos ingresos que logran esquivar ganancias. No solo bajó la alícuota y subió el umbral a partir del cual se paga: además creó un régimen para congelar esa alícuota reducida por 15 años. O sea, no se limitó a mover el sistema en la dirección contraria a la que hacía falta, también le ató las manos a los próximos gobiernos para que no puedan revertirlo. En pleno ajuste del gasto, fue toda una declaración de principios.
La misma lógica corre para el blanqueo de 2024 y para la inocencia fiscal de ahora. En ambos casos se le ofreció a quien había evadido la chance de formalizar su patrimonio a un costo casi nulo, y con la promesa de que el Estado no haría preguntas incómodas. El blanqueo de la Ley 27.743 permitió regularizar hasta 100.000 dólares sin pagar nada, con alícuotas de apenas 5%, 10% y 15% para quienes hayan exteriorizado más que eso. La inocencia fiscal fue todavía más lejos: reglamentada por el Decreto 93/2026, redujo los plazos de prescripción para que ARCA reclame por operaciones no declaradas y oficializó un régimen simplificado de ganancias que permite gastar dinero no declarado sin tener que explicarle nada al fisco. Todo, para que afloren los más de 250.000 millones de dólares que, según el INDEC, los argentinos tienen fuera del sistema financiero sin declarar. La zanahoria, siempre para el mismo lado.
Quién no se merece un lujito de vez en cuando
Después se bajaron unos impuestos indirectos que se llaman internos. Y acá, atención, porque suena raro: ¿no habíamos dicho que los indirectos castigan más a los que menos tienen? Sí, pero no todos. Los internos que bajó Milei son los que gravan bienes de lujo: autos de alta gama, embarcaciones, aeronaves. Justo esos que no figuran en la canasta de consumo de una familia bajo la línea de pobreza ni tampoco en la del 99% de la población.
También bajó las retenciones. Otro impuesto indirecto y, encima, muy distorsivo: no parece la idea más brillante gravar las exportaciones de una economía que vive corta de dólares. Hasta acá, coincidimos. De hecho, en Fundar tenemos una propuesta para eliminarlas. Pero la diferencia es el cómo y el cuándo. No proponemos sacarlas de una y listo, sino compensarlas con mejores impuestos: eliminando la exención de Bienes Personales a los inmuebles rurales y con una alícuota adicional de ganancias para las actividades ligadas a las materias primas cuando el precio internacional está por las nubes. Es un impuesto que, por ejemplo, habría captado parte de la renta extraordinaria de los hidrocarburos tras el ataque de EE.UU. a Irán y el bloqueo del estrecho de Ormuz.
Nobleza obliga
Seamos justos. Ni bien asumió, Milei restituyó el impuesto a las ganancias para los trabajadores de medio y altos ingresos, a quienes Sergio Massa había eximido en plena campaña.
Entiendo que muchos sientan ese impuesto como una injusticia, sobre todo porque el poder adquisitivo de sus ingresos cayó en los últimos años. Pero conviene decirlo con todas las letras: si ganás lo suficiente como para estar alcanzado por ganancias, en el mercado laboral argentino, sos un privilegiado. Y si vivieras en casi cualquier otro país, con ese mismo sueldo pagarías más. Por eso el propio FMI le recomendó al gobierno ampliar la cantidad de personas alcanzadas. No me parece mal y, en este punto, está en línea con lo que propone Fundar.
Pero a ese aumento le falta una pata. Que también alcance a los ricos y a los superricos. Y para eso es imprescindible el impuesto al patrimonio que, como vimos, quedó reducido y maniatado por la última reforma de Bienes Personales.
Hay un detalle que la experiencia internacional enseña y conviene no perder de vista: para captar de verdad el ingreso de los superricos hay que gravar también las ganancias de las empresas. ¿Por qué? Porque muchos de ellos no tienen ingresos personales: los canalizan a través de sus compañías. Si las empresas no pagan, ellos tampoco.
Esperá sentado
Y acá está, quizás, el movimiento más fino. Milei también limitó el impuesto a las ganancias de las empresas que se adhieran al RIGI y al Súper RIGI — este último se discute hoy mismo en la Cámara de Diputados.
La cuenta es para sentarse. La alícuota máxima de ganancias es del 35%. Para las empresas que entran al RIGI baja al 25%. Y para las que entran al Súper RIGI, al 15%.
Leelo de nuevo. Un trabajador que gane 5 millones de pesos por mes puede llegar a tributar la alícuota máxima del 35%. Una empresa que gane miles de millones, si se adhiere al régimen, apenas el 15%. El sistema beneficia, literalmente, a quien más tiene.
Menos jubilaciones hoy, más despidos mañana
Pero todavía hay más. La reforma laboral creó el FAL, un fondo destinado a financiar despidos. ¿Y de dónde sale esa plata? De la seguridad social…
Son unos 3000 millones de dólares por año que hasta ahora financian jubilaciones y que pasarían a financiar despidos. Cuesta encontrarle la lógica: el déficit previsional ya es el agujero más grande de las cuentas públicas y no va a hacer más que crecer con el envejecimiento de la población. Desfinanciarlo todavía más no parece la mejor estrategia.
¿Te gusta el durazno?
Atemos cabos. Argentina tiene un sistema tributario montado sobre impuestos indirectos: uno que fomenta la informalidad –el impuesto al cheque–, otro que desalienta la producción –Ingresos Brutos– y otro más que castiga las exportaciones –las retenciones. Que necesita una reforma urgente es una obviedad.
Pero no cualquier reforma. Seguir bajando la presión es equivalente a reducir aún más el gasto. Y ya se han dejado de financiar gastos básicos que vamos a tener que encontrar la manera de volver a financiar. Entonces la reforma debería ser, como mínimo, neutra en términos de recaudación, pero no de composición. Es necesario fortalecer los impuestos directos, de manera de aumentar la presión sobre los que más tienen y, así, generar espacio fiscal para darle aire a los que menos tienen. Lo contrario, exactamente, de lo que viene pasando.
Para eso hace falta algo más que cambiar alícuotas: hay que cambiar la imagen que tenemos de los impuestos. Porque sin impuestos no hay jubilaciones dignas, ni salud ni educación de calidad, ni obra pública, ni ciencia. Después de todo, no bancamos lo suficiente a los impuestos.
Pero ojo: no a cualquierla. A los que no generan efectos indeseados sobre la economía y, sobre todo, a los que pesan sobre los que más tienen. Con un objetivo de fondo: que el Estado pueda ofrecer bienes y servicios públicos de calidad, de forma que el hogar donde nazcas no condicione tan fuertemente como lo hace ahora tus oportunidades por el resto de tu vida.
Guido Zack | Cenital
