Fueron dos las veces que Manuel Adorni le dijo a los hermanos Milei que los debates sobre su crecimiento patrimonial habían llegado a su fin. La última, el 22 de abril. Ayer, lo que fue emergiendo en la declaración como testigo del contratista Matías Tabar dibuja un cuadro de una nitidez incómoda para el jefe de Gabinete. Tabar revela –con obligación de decir la verdad, caso contrario podría incurrir en falso testimonio y correr el riesgo de una imputación judicial– que hizo una serie de refacciones en la casa del country Indio Cua por aproximadamente 245.000 dólares, una cifra que multiplica con holgura el presupuesto original. Todo, según el testimonio, habría sido abonado en efectivo y en moneda extranjera, con Adorni como figura central en el trato, en la entrega del dinero y en la aprobación de los rubros adicionales. Estos habrían sido carpintería, pileta, bomba de calor, aberturas, iluminación, parrilla, parquización –aparentemente, entre los pedidos, una cascada que quedará en la historia apenas detrás del deslomando–, aires acondicionados y mobiliario que fueron engrosando la cuenta sin que mediaran facturas ni recibos de la mayoría de los proveedores.
Lo que llama la atención, más allá de los hechos en sí, es la velocidad a la que todo esto se va conociendo. Como si fuera el streaming del CONICET, uno se entera prácticamente en tiempo real de cada paso del expediente, de cada nombre que aparece, de cada dato que suman los testigos. Esa transparencia tiene una explicación que no es técnica. Como si Adorni, en ese escenario, no tuviera amortiguadores. Ni políticos ni judiciales. Un funcionario de alta exposición pública que, a la hora de enfrentar una causa de este tipo, descubre que el andamiaje de protección que suele rodear a los actores del poder político en la Argentina no está disponible para él.
La hipótesis más obvia podría apuntar a que el jefe de Gabinete es víctima de la pelea entre el sector de la justicia que dirime su interna a través de la del gobierno entre Karina Milei y Santiago Caputo. La otra, más incómoda, menos visible, es que probablemente si uno pasara Luminol sobre lo que está ocurriendo, advertiría que a Adorni lo están desmembrando sus propios socios en la interna. No hay que ser demasiado conspicuo para advertir que Bob –como le dicen con malicia por partida doble, algunos compañeros de gabinete en referencia a Bob, el constructor, aquella serie animada de un contratista especializado en albañilería– hace semanas que ya no sirve para la función que ejerce y que su situación judicial tiene en parálisis al gobierno. Lo que sí sorprende es como parece estar solo en este enfrentamiento que lo tiene apenas como un instrumento o un botín. ¿Advertirá esto Karina Milei? ¿O será parte, también, de la jugada donde lo que importa, ahora, es saber quién va a reemplazarlo?
Mientras tanto, conviven en la valoración del Gobierno dos tendencias relevantes, complementarias. Por un lado, una caída homogénea y generalizada en la valoración de la gestión Milei por parte de los argentinos, cuyo valor relativo varía con cada encuestadora pero que muestra un patrón definido obvio. Son imágenes del momento a las que conviene prestar atención. Es bueno hacerlo de la mano de otra tendencia, esta vez en términos absolutos. La imagen cae en todos lados, pero la valoración del Gobierno, en términos absolutos, es muy diferente de acuerdo a la región geográfica en la que se ponga el foco.
Dos encuestas publicadas en los últimos días contienen algunos datos interesantes en ese sentido. El Índice de Confianza en el Gobierno, que publica la Universidad Torcuato Di Tella, arrojó una caída en la valoración del 12,1% en apenas un mes. Se trata –además de la más voluminosa– de la cuarta caída consecutiva en el indicador, que todavía se ubica por encima de los valores de septiembre, previos a la derrota oficialista en la Provincia de Buenos Aires. El deterioro ronda los doce puntos tanto en la Ciudad de Buenos Aires como en el Gran Buenos Aires y en el interior.
Sin embargo, la valoración absoluta del Gobierno es dramáticamente mayor en el interior que en el Área Metropolitana de Buenos Aires. El analista Federico Zinni, con precaución, llamó la atención en X sobre la heterogeneidad de los microdatos correspondientes al interior. Una caída pronunciada, que ubica al gobierno cerca de los valores de septiembre, y números cercanos a los máximos históricos en Cuyo. Los microdatos tienen dificultades que no escaparon al análisis compartido. La muestra, tan desagregada, es relativamente pequeña, por lo que el margen de error se vuelve más grande.
Con todo, al menos direccionalmente, permite amplificar una percepción sobre el modelo económico donde un futuro cercano de grandes ganadores en las regiones con potencial extractivo, de la mano del RIGI, y grandes perdedores en el resto del territorio, como una posibilidad concreta incluso si fuera a materializarse la recuperación económica que espera –de momento sin demasiadas ideas– el oficialismo. Un país mucho más fragmentado, y sin demasiados mecanismos de redistribución territorial, con un gobierno que descree de la obra pública y del estado en general y un régimen de coparticipación que posterga a la provincia de Buenos Aires y privilegia a las pequeñas.
La otra encuesta relevante es la de Atlas Intel, una consultora que fue cuestionada en diversas ocasiones pero que ganó respeto y prestigio desafiando –y derrotando– los pronósticos de sus colegas más establecidas en Brasil, que subestimaban, en 2018 y 2022, la fortaleza electoral de Jair Bolsonaro. Atlas volvió a hacerlo cuando destacó a Donald Trump en 2020 y 2024 por encima del consenso de las encuestadoras estadounidenses. Por eso es interesante su último estudio, que otorga al presidente Javier Milei una aprobación apenas superior al 35% y una desaprobación del 63%. Aquí –dentro de valores generales de acompañamiento muy bajos– las mejores imágenes aparecen en el interior de la provincia de Buenos Aires y en la zona Centro en general, y las peores en el Norte Grande, en línea con los microdatos del ICG de Di Tella.
Los datos más interesantes aparecen a la hora de valorar a la oposición, donde se perciben fuertes recuperaciones, al ritmo de muy malas valoraciones tanto de la situación actual personal de los encuestados, como de sus expectativas a futuro. En ese contexto, Axel Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner aparecen segundo y tercera en términos de imagen positiva, ambos con más de 40% de valoraciones. Aunque con un rechazo sustancialmente menor para el gobernador, los datos muestran una superposición casi total entre los simpatizantes de cada dirigente. Una situación absolutamente obvia para cualquier observador, pero probablemente ajena a la mirada de ambos. Aún más interesante es quién es, para Atlas, la dirigente de mejor imagen nacional. Myriam Bregman, del Frente de Izquierda, encabeza la encuesta siendo la única que mantiene un diferencial positivo. En este mismo espacio se había adelantado hace cerca de un mes este mismo fenómeno que, tendencialmente, recogían algunos sondeos que no se publican.
Bregman parece beneficiarse de lo mismo que Kicillof y CFK: ser oposición nítida a un gobierno que es rechazado por la mayoría de los ciudadanos. Mal que le pese a cierta militancia, hay que decir que las ideas de Bregman ocupan un lugar político bien diferente al de Kicillof, Cristina, o el más outsider entre los referentes de sus espacios. Formada en la línea trotskista del marxismo, de la que nunca abjuró, Bregman tiene con la democracia (burguesa) una extrañeza similar a la que Milei expresó cuando invocó el Teorema de Arrow. Si para Milei la democracia no puede garantizar la propiedad privada frente a la tiranía de las mayorías, para Bregman, la democracia (burguesa) garantiza la tiranía del capital sobre los intereses de las mayorías. En distintos momentos se expresó por la abolición del sistema capitalista, el cambio revolucionario del gobierno y la disolución de la policía. No hay registro en el mundo, al menos desde el asesinato de León Trotsky, de dirigentes trotskistas con un protagonismo decisivo en la política de un país. En este, el del primer presidente liberal libertario de la historia, no hay extravagancia que no esté al alcance cuando los proyectos político económicos, invariablemente, fracasan.
Pero hasta que no tuercen el rumbo del debate público o resultan electos a una oficina con responsabilidades de gestión, los políticos importan, sobre todo, por lo que representan. Y si Milei en algún momento representó la oposición al sistema político que había fracasado, por derecha y por izquierda, durante ocho años, Bregman, con un liderazgo personal firme pero a la vez amable en el trato, representa una resistencia plena y sin concesiones al Gobierno. Una que –como demuestra el solapamiento casi perfecto de imágenes positivas– interpela a muchos votantes que ven lo mismo en las dos figuras principales del peronismo, pero que no aparece atravesada por las miserias de una interna que nadie entiende. Bregman se beneficia, además, de que las enormes diferencias que tiene su concepción con la de cualquier sector del peronismo quedan opacadas por una tendencia sistémica en la que (casi) todos se corren por izquierda en materia económica y subestiman correlaciones de fuerzas. Esto, en los hechos, hace menos nítida la diferencia entre La Rusa y otros sectores de la oposición.
Queda preguntarse, en el caso de que lograra consolidar un liderazgo solapado también con el de al menos parte del peronismo si, como le sucedió al presidente –que prometió dolarizar, quemar el Banco Central y romper con China, y terminó económicamente en una nueva versión de un gobierno del PRO — , Bregman podría cumplir el mismo rol respecto de sus ideas y las del peronismo más opositor, colocándose en un lugar de dureza y explotando las contradicciones capital-trabajo pero lejos de las expropiaciones masivas, la abolición de la policía o la revolución permanente. Un destino improbable pero concebible.
El crecimiento en paralelo de figuras opositoras y de rechazo al gobierno –en un clima de conflictividad social fragmentada– trajo también en la semana un debate público que abordó la discusión sobre el rol social de los empresarios. Un retuit de Marcos Galperín, en el que se burlaba de una jubilada a la que no le alcanzaba para llegar a fin de mes, pero que se había jubilado sin aportes. Un gesto de insensibilidad y condescendencia espantoso por parte del hombre más rico de la Argentina, que le valió una respuesta del Martín Perez di Salvo, conocido como Coscu, uno de los principales streamers del país, en la que le reprochó su poca empatía y resentimiento.
El intercambio disparó una pregunta sobre la virtud empresarial. ¿Cuál debe ser el aporte de los empresarios a la construcción de un país vivible? Además de ganar dinero, las responsabilidades esperables de las empresas deberían ser que generen empleo, que inviertan de modos que impulsen la competitividad de la economía nacional, que redunde como externalidad en beneficios sociales como salarios más altos o inclusión financiera, que paguen impuestos y cumplan con las regulaciones. No parece relevante si los empresarios que cumplen con esas condiciones son, en la vida personal, psicópatas sin compromiso con la sociedad o las personas más empáticas y generosas del mundo.
Sin embargo, hay otro ámbito donde las muestras de insensibilidad, como la manifestada por Galperin contra una anciana indefensa, puede afectar el rol esperado del empresariado como parte de la fábrica social. Una imagen muy negativa, como la que deriva de un posteo como el citado, afecta la legitimidad del lugar de los empresarios en el debate público. Otro tipo de manifestación, y sobre todo de acción, puede tener otros resultados. Algo que además se intensifica a partir del apoyo de los dueños –particularmente el propio Galperin– al Gobierno, cuya popularidad en mínimos históricos se encuentra asociada a la percepción de insensibilidad sobre los problemas de la gente. Podría contribuir a la sensación de que los más ricos son, también, los más impunes y desligados del destino común, sin importar que Meli pague impuestos, contrate trabajadores de diversas calificaciones e invierta en investigación y desarrollo, con evidentes externalidades positivas de su presencia y extensión a nivel nacional.
Iván Schargrodsky | Cenital
