El peronismo volvió a mirar el tablero y esta vez las fichas no le respondieron. Con 135 votos a favor, 115 en contra y sin abstenciones, la Cámara de Diputados le dio media sanción a la Reforma Laboral y dejó a Fuerza Patria del lado de la derrota política, con un sabor amargo en los labios. Y es que no fue solo una votación: fue una foto de la crisis política que vive el peronismo que gobernó 15 años la Argentina y que hoy asiste impotente al proceso de desmantelamiento acelerado de su sueño estatal.
«Esto es un desastre desde muchos puntos de vista. Para aquellos que tenemos una edad, una ideología y una pertenencia a un movimiento que dejó huellas, no es fácil, no es menor. Lo emocional también juega», deslizó un funcionario del kicillofismo ante El Cronista en las horas siguientes a una derrota. La bronca que mastican en el peronismo es quizás mayor porque anticipaban que una parte del espacio, esa que responde a los gobernadores, le daría su voto -o su ausencia- al Gobierno. No importa cuánto les hablaran en la previa.
Los números en la medianoche y las primeras horas de la madrugada del viernes hablaron con claridad quirúrgica. El oficialismo consiguió el respaldo de PRO, la UCR, el MID, Adelante Buenos Aires y una constelación de bloques provinciales que incluyó a Innovación Federal (Salta y Misiones), Por Santa Cruz, Producción y Trabajo (San Juan), Independencia (Tucumán) y La Neuquinidad. Una mayoría heterogénea, pero efectiva. Del otro lado quedaron Fuerza Patria, Encuentro Federal, Coalición Cívica, Primero San Luis, Defendamos Córdoba, la izquierda y Coherencia.
Los peronistas de Elijo Catamarca cosecharon un resentimiento particular. El kirchnerismo los expuso sin vueltas en pleno recinto: que dieran quórum y luego no acompañaran la ley con su voto no los dejó en una mejor situación que sus pares de Córdoba (ausentes), Salta, Misiones, Santa Cruz y Tucumán ni los eximió del escarnio público. «Va a ser duro -le había anticipado un referente provincial a este medio, en las puertas de la sesión-. Pero las diferencias se resuelven luego aquí, de forma interna. Todo pasa».
El dato político fino estuvo en Provincias Unidas, que votó dividido y mostró como pocos cuánto pesa la regla disciplinadora de la Rosada: los que responden a gobernadores acompañaron con su voto o se ausentaron; el resto se expresó en contra. En votaciones ajustadas, las fisuras pesan más que los discursos. Pero el precedente ya había sido elocuente en el Senado donde la cordobesa Alejandra Vigo y el correntino Camau Espínola aportaron a los votos del oficialismo. También salteños y misioneros habían mostrado sus cartas, en línea con el Gobierno.
La película se proyecta más allá de la noche de la derrota. Y pone al peronismo más duro contra las cuerdas, en un año en el que no deberá medirse en elecciones pero en el cual todo apunta a que el Ejecutivo aprovechará para empujar algunas de las grandes reformas pendientes desde la primera versión de la Ley Bases. Algunas batallas, no obstante, puede que queden postergadas hasta conseguir una mayoría propia. La construcción que tejieron en tiempo récord «El Jefe» y los primos Menem con el sello de agua de la lealtad absoluta en los referentes que posicionan en lugares de poder promete no descansar y seguir expandiéndose en 2026.
Para el oficialismo, la votación fue una demostración de capacidad de articulación parlamentaria. Para el peronismo, en cambio, dejó expuesta una dificultad cada vez más estructural: con un paro nacional como telón de fondo impulsado por la CGT, no logró bloquear la iniciativa ni fracturar la mayoría que la sostiene, cada vez menos circunstancial. En un Congreso fragmentado, perder por veinte votos es más que un traspié aritmético. Es un mensaje político.
El Cronista
